lunes, 6 de julio de 2009

LA ESTACIÓN

Eugenio Mateo. Madeira. 2.007.


Era uno de esos días en los que la prudencia dicta no viajar por si acaso; martes, trece de septiembre.
El bullicio sonaba acolchado en aquella estación porque era tan grande que su imponente estructura convertía a la gente en figurillas andantes y todos los sonidos que expelían se elevaban disipados, camino de la soberbia techumbre de metal y cristal, guiados por la geometría minimalista imperante.

Bajo su resguardo las personas que por allí deambulaban notaban que sus conversaciones, quien las tenía, sonaban amortiguadas por la moqueta y los que no tenían con quien comunicarse solamente percibían míseros decibelios. Pero por encima de todo y de todos, una voz monocorde y gris se derramaba a través de los altavoces y llegaba hasta el último rincón de aquel espacio donde morían situaciones y nacían encuentros. La voz anunciaba salidas y llegadas que configuraban en cada corazón un ritmo distinto que afloraba en los rostros con diferentes expresiones como si su monótono ensalmo llegase a las almas en lugar de a los oídos.

Unos gritos se acercaban por el hall.

-¡Vamos, corre!
-¡Corre!
-¡Perderemos el autobús!

Aquella pareja, el hombre delante que era el que gritaba, se abría paso a través del vestíbulo con la frente perlada de sudor y la angustia lacerando sus rostros juveniles. Cargaban dos grandes maletones que arrastraban por el suelo como si de fardos se tratara y que en más de una ocasión demostraron cuan pesadas eran a alguna rodilla despistada.

Llegaron a la puerta de control de acceso al andén perseguidos por varias miradas doloridamente vengativas. Franqueándola, un guarda jurado les escudriñó de la misma manera que si fuesen a secuestrar el ómnibus que ya no podía esperarles más y les cerró el paso como una pared de carne amasada en horas de gimnasio.

Debió realmente de asustarles por sus caras de sobresalto cuando con una voz chulescamente estridente les pidió los billetes. Tras unos momentos de estupor ambos se interrogaron mutuamente a los ojos sin encontrar respuesta.

Los he puesto en mi bolso -decía ella- y hurgaba histérica entre los infinitos objetos de su interior. Cuando comprobó el fracaso se volvió a él.

- A que los has cogido tú, listo.
Con la voz revuelta por la bilis él le respondió agrio: lista tu puñetera madre, mírate en los bolsillos que tienes que llevarlos tú pero date prisa, joder, que se nos va.

Viéndose perdido volvió su mirada suplicante hacia el gorila que sin mover un músculo presenciaba la escena como si fuese de otra película.

-Por favor, tenemos los billetes pero déjenos pasar. En el autobús los buscaremos con más calma y se los daremos al conductor. No debería haber problemas.

Su tono era negociador pero en sus ojos brillaba la espada del arrebato.

- No pueden subir al autobús si no me enseñan los billetes. Son las normas,- masculló el homínido, imperturbable.

-“Ómnibus con destino Madrid va a efectuar su salida por anden cinco” -el aviso en off cayó como una losa.

El joven, desencajado, se enfrentó al energúmeno:
-¡Oiga! -tronó-, es nuestro viaje de novios. ¿Entiende?
-Vamos a bajar porque hemos pagado nuestros asientos y un animal como usted no nos lo impedirá.

Agarró a la chica de la mano y cuando iba a colisionar contra el guardián de las siete llaves en su afán de cruzar la puerta, la maleta de ella se abrió de repente y su contenido se desparramó por el suelo como un puesto ambulante. Delicadas prendas de seda, excitantes bragas de atrevidos colores, modernos pantalones. Todo su ajuar, amorosamente empacado para su luna de miel en el Caribe, se convirtió en un atrezzo inútil que despertó la morbosidad en algunos espectadores que hacían corro. En otros un punto de envidia y en los demás una simpatía por su causa.

La chica rompió a llorar con un grito que estuvo a punto de rasgar
el velo del templo pero que se coló en los tímpanos del morlaco, que sorprendido al fin, no sabía qué hacer y contra su costumbre fue capaz de darse cuenta de dos cosas a la vez; una, que el autobús se ponía en movimiento y la otra que un tacón de aguja, puntiagudo como un puñal, le atravesaba el cráneo.

El revuelo que se armó fue inenarrable. El bruto cayó envuelto en sangre. La chica se desplomó fulminada por un rayo. El novio no quería creer lo que estaba viviendo. La gente se arremolinó estorbando y quitándoles el aire a los dos inermes. Alguien pidió ayuda y al socaire de esta súbita confusión el caos revoloteó por el vestíbulo.

Como dice el refrán “a río revuelto, ganancia de...” un sujeto que mordisqueaba un bocadillo abandonó precipitadamente la cafetería y en un santiamén se apoderó de un bolso que una curiosa había descuidado en un asiento, huyendo el malvado por una de las puertas hacia el total anonimato.

La mujer curiosa graznó como una oca cuando, dándose cuenta de su caro error, volvió al asiento huérfano del bolso .Presa de un temblor espasmódico se tiró a la moqueta berreando y se arrancó varios pelos bajo un ataque de nervios que la hacía, ora balbucir, ora gritar
-“Ladrones, mi bolso, ayyy.

Varios miembros del personal que acudían a atender a los tres del andén desviaron su ruta para intentar auxiliarla y levantarla pero la desconsolada señora en sus estertores arrastró en su nueva caída a un factor de servicio y a un negro enclenque que se había acercado a ayudar.

Dos chicos espectadores, con cabellos rasta, aportaron a la inédita situación el fragor de sus carcajadas. Uno de ellos sacó su cámara digital de un zurrón y ni corto ni perezoso se zambulló de cabeza en la zarahunda para fotografiar las ligas y el inmenso culo en pompa de la victima. También retrató al factor que a cuatro patas buscaba su gorra de uniforme. Al negro escuchimizado le inmortalizó una sombra de incredulidad que le asomaba por uno de los grandes ojos.

Después, fue cargando la tarjeta de memoria con imágenes del guarda desplomado con el chichón por el que se escapaba un hilillo de sangre. De la pareja, ella moqueando desconsoladamente intentando recoger sus tangas. El, golpeando la pared con los pies mientras dos guardias intentaban sin éxito, llevárselo a la fuerza. De corros de gente entre impresionadas y divertidas que acudían desde todos los rincones. De lo único que no pudo sacar fotos fue de la voz omnipresente que desde los altavoces pedía calma a los transeúntes.

Pero esta vez otro guarda, más cachas que el yacente, atrapó por detrás al improvisado reportero agarrándole por las trenzas y arrebatándole con la otra manaza la cámara a punto de caerse.

-Dame esa cámara, maricón, ¿qué te has creído? -le escupió las palabras en la oreja- está prohibido sacar fotos. ¿Vale?

El rastafari se volvió lo que el tirón de pelo le permitía y mirándole con los ojos turbios por el hachís, mordió en la nariz a la cara de perro y el doberman soltó su presa y atendió a su hocico dolorido. Cuando se vio libre el muchacho pilló el petate y salió corriendo sin despedirse de su colega que seguía riéndose, perseguido por los aullidos del guarda pidiendo ayuda.

En la puerta exterior del edificio se detuvo un taxi. De él descendieron cuatro seminaristas con sotana. Eran unos adolescentes sanos y rosados que portaban maletines negros. En grupo penetraron hacia el vestíbulo sin adivinar cuan excitante sería aquel corto recorrido que la providencia les tenía reservado.

En efecto, un melenudo se les apareció de repente a la carrera y como una bola vertiginosa en una partida de bolos, impactó contra las cuatro figuras negras haciéndoles tambalear hasta caer con sus portafolios incluidos y el causante de este desaguisado, o sea el chico rasta, fue dando tumbos sin control hasta que al final se estrelló contra el taxi que todavía seguía allí afuera.

Cuando el taxista oyó el golpe salió del coche con cara de llevársele los vientos, más preocupado por la factura del chapista que del chaval que desde el suelo le miraba con estupor dolorido.

-¡Papa! -dijo éste, noqueado.
-Luisito pero... ¡coño! -farfulló el hombre.

Les cortó a ambos la sorpresa un aullido lejano de sirenas que desbocadas se iban acercando. Una manada de vehículos policiales se abrían paso entre el tráfico con un descomunal estrépito seguidos por las jaurías de unidades móviles de los medios de comunicación.

Rodearon la estación. Varias furgonetas de antidisturbios se vaciaron desordenadamente. El exterior fue ocupado por docenas de guerreros de largas porras y cascos sin rostro.

Como en un acto ensayado, penetraron por todas las puertas a la vez los ángeles exterminadores y avanzando en tropel golpearon a todo lo que se movía como hordas sin dios sedientas de venganza.

Las pobres gentes que se quedaron atrapadas en aquella estación intentaron huir de lo que se les venia encima arrastrando a su paso las sillas, las barreras, los puestos de información y hasta las azafatas.

Ante esta estampida las fuerzas del orden adobaron el desorden con botes de humo. Pronto aquel recinto pareció perder su identidad y se convirtió en niebla que derramaba negruras sobre el antes impoluto suelo de granito y moqueta. Pero fue mano de santo, en menos de una hora se dominó la situación restableciendo el orden. Por tierra yacían algunos alborotadores reconducidos a la senda de la sensatez a punta de porra y humareda. Otros protestaban todavía cuando se los llevaban en volandas fornidos robots expertos en contraterrorismo. Los demás renqueaban magullados con las caras negras por el humo hacia los puestos de sanitarios que instalados fuera procuraban remendar tanto descosido.

Los periodistas avanzaban en aquel campo de batalla interrogando a cuantos encontraban en condiciones de responder pero nadie les dijo nada.
Nadie sabía nada.
Nadie sabía que ocurrió. Nadie entendió nada.

El taxista y su hijo se libraron del horror pero tampoco sabían nada, aunque Luisito sí sabia, pero se calló sabiendo que nadie le creería y se dejó transportar en el taxi hacia su casa.

No se investigó. No se depuraron responsabilidades.
No se pidió perdón.
Nadie olvidó.

Nadie cayó en la cuenta que era martes y trece. Mal día para viajar.


11. 2003

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