PACHECO


El Planeta Verde. Acrílico/Algodón. 114x89 cm. 1983.




PRÓLOGO


Mi primer encuentro con un “Pacheco” tuvo lugar hará ahora alrededor de nueve años. Todavía recuerdo hoy aquella múltiple sensación producida por su primer cuadro. Fue una llamarada natural que encendió mi admiración hacia aquellas pinturas cuyas líneas parecían salirse del cuadro para atrapar a quien hasta ella se había aproximado con la única intención de degustarlas visualmente.
Ahora la fisonomía de aquel instante es, simplemente, distinta. La calle ha perdido su antiguo patronímico, como también el espacio donde tuvo lugar aquel encuentro es solamente un recuerdo de aquellas noches bohemias, nocturnas y encantadas.
Todo esto no hubiera sido suficiente por sí solo para llevar a cabo estas circunlocuciones rápidas de Joaquín Pacheco y su pintura. A esto último contribuyó decisivamente la grata amistad mantenida con el pintor mediante la cual ha sido posible que tuviese en mis manos la oportunidad de expresar todo cuanto su mundo propio, el visible o el más recóndito escondido en sus telas, tenían como pilar esencial de su obra artística al hombre, al ser humano con todo lo que este término conlleva de angustia y de dolor, de esperanza viva o de sueños, no por quiméricos, menos celebrados.
A través de estas páginas, más que una escueta biografía o más que el solo regocijo ante su obra, podremos descifrar las claves precisas que han hecho que Joaquín Pacheco, a través de su pintura concreta, aportase, como siempre sucede en el mundo del arte, una contemplación distinta de todo aquello con lo que convivimos diariamente. Hay un intento de observar la realidad desde otra perspectiva que nos obligue a descifrar tantos hechos cotidianos de cuya trascendencia la propia monotonía de su existencia se encarga de dejarlos a menudo en el tintero del olvido.
Y si admirar el Arte es mirar doblemente la Vida, la producción artística de Joaquín Pacheco pienso que constituye un revulsivo para nuestras, muchas veces, subjetividades ciegas; un acicate gritándonos que existe el árbol porque permanecen sus raíces; que la individualidad existe porque permanece el hombre, pero que ese hombre, necesitado y necesario, ha de trascender de sí mismo, forzosamente ha de universalizar “su” individualismo.




SEGUNDO NACIMIENTO

Joaquín Pacheco. Nació el día ..., de ..., en...

Estos espacios que, voluntariamente, he preferido dejar vacíos son, como todos sabemos, una condición indispensable para cualquier circunstancia que posteriormente sobrevenga en nuestra vida, es decir, en cada irrepetible momento de la existencia de todo ser humano. Nada de todo esto puede impedirnos afirmar que todas esas fechas, potenciales al fin y al cabo, son algo accidental a nosotros mismos; más aún, algo absolutamente involuntario. De aquí la importancia y el valor que, para mí, tiene el artista, el creador de Arte. Porque están destinados a ser individualidad y esencia, a, voluntariamente, hacerse uno, nunca uno entre los demás.

1974. Aquellas manos indecisas y frágiles, recién nacidas veintiún años antes, carentes entonces de fuerza o agilidad, colgaban ahora en las paredes sueños y quimeras, colgaban ideas, formas... Por fin habían decidido arrancar de su entorno individualista y particular la totalidad de su creación para entregarla a otros ojos extraños, a otras miradas, censoras o admirativas, críticas o polemizadoras.

Y si el 14 de julio de 1953 había sido la fecha de su primer nacimiento, hoy, veintiún años más tarde, Joaquín Pacheco exponía en la zaragozana sala Gambrinus perfilando un horizonte de colores íntimos, de pensamientos lineados o ideas geometrizadas tal y como podía deducirse de sus construcciones, de sus transparencias, de sus monumentos y módulos. Era su segundo nacimiento. Y, más que nunca, fue entonces cuando supo que nacer de nuevo, nacer por segunda vez, racionalmente, había sido la afirmación radical de su propia voluntad de ser.
Hasta entonces, todos sus años pasados habían estado apoyados en la misma geometría cotidiana que la de cualquier otro hombre o mujer. El tiempo, el espacio, todos los objetos que vivían a su alrededor, de alguna forma, estaban en relación directa con la geometría.
Un día, en uno de los ejercicios de Diseño industrial, propusieron como práctica realizar un rectángulo dividiéndolo, a su vez, en otros cuarenta, en los que figurase un color distinto en cada uno de ellos. Joaquín prefirió romper la uniformidad de lo propuesto dejando que sus manos fraccionasen aquel rectángulo en muy distintas y diferentes formas. A partir de aquí, de esta simple anécdota significativa, aquellos estudios dejarían de ser para él una proyección como modo de vida para constituirse en una apasionada exploración del color y la forma, en la búsqueda de una voz que fuese suya, única de sus manos y sus pinceles.
Es en esta época, alrededor de 1970, cuando, circunstancialmente, conoce la Bauhaus, la obra de Kandinsky y Moholy-Nagy, así como las creaciones de Mondrian o Vasarely. Y Pacheco, desde siempre identificado con el mundo de la pintura, sumergido en él hacía ya mucho tiempo, habiéndolo convertido en un apéndice más de su razón de vivir, comprende que su lenguaje pictórico, a partir de ahora, va a estar profundamente relacionado con la geometría.
Pacheco, entonces, la mira detenidamente, la observa, la disecciona, la trabaja y piensa que realmente será difícil dotar de voz propia a todos aquellos ángulos, curvas, rectas, a aquellas líneas frías, a aquellos círculos carcelarios, tan reales, tan vivos y, a la vez, tan indiferentemente olvidados.

Había llegado a esta convicción tras sus anteriores estancias en la Escuela de Artes Aplicadas, así como por sus estudios de Dibujo Artístico y de Anatomía. Los conocimientos aquí adquiridos y ese encuentro gratificante con la corriente de la Bauhaus hicieron que Pacheco se convirtiera en discípulo de sí mismo. Autodidacta empedernido iniciará así su irrupción en el mundo de la pintura. Lo acaecido hasta entonces, todos sus dibujos y pinturas anteriores, a partir de ahora, sólo van a significar prácticamente un punto de referencia. El futuro se ha abierto de pronto a sus manos pintoras y, sin posibilidad ya de retorno, en sus telas irían quedando atrapadas divagaciones y fantasías, quimeras o particulares realidades y vivencias. Pincelada tras pincelada va construyendo un estilo peculiar y único, un idioma de silenciosas lenguas y geométricas palabras.

Muy pronto nacen sus primeras creaciones. Y es digno de resaltar en esta su primera época, comprendida entre los años 1973 a 1975, ambos inclusive, la variable uniformidad que podemos observar en sus cuadros. Uniformidad apreciable en esa “imaginación geométrica” que le permite dotar a sus composiciones de un “leit motiv” ascendente logrando así que sus cuadros respiren un encadenamiento artístico, una conjunción entre la obra y su autor más firme cada vez, más resuelta y segura. Y variable, puesto que es fácilmente apreciable la constante mutación que, dentro del espacio pictórico elegido, va desarrollándose; como si cada tela fuese un puente para ir hacia otras, para lograr esa unicidad clave que las diferencie entre sí aún a sabiendas de que su paternidad, e incluso, tantas veces, su temática es la misma o una variación de una misma idea o argumento.

Ideas y argumentos que en estos orígenes de su pintura se basan en la Abstracción Geométrica y el Constructivismo.

¿Por qué esta pintura? Preguntar esto sería, quizás, tanto como interrogar a un mar de lava el por qué de sus formas caprichosas, extrañas o difíciles. Es muy probable que aquella admiración y posterior conocimiento de la Bauhaus o pintores como Mondrian o Vasarely sedimentasen dentro de Pacheco y, en cierta forma, fuesen ellos también partícipes a la hora de optar por un estilo concreto.

Las influencias son algo consustancial al hombre. Nadie podemos pretender ignorar o negar una serie de circunstancias cuyo ascendente sobre nuestras acciones o realizaciones resultan indudables. Y esas influencias, bien sean de la misma Naturaleza o bien de otras personas, son lógicas y naturales. Y constituirían un auténtico infortunio para el artista cuando llegasen a ser tan poderosas que no pudiese él superarlas o convertirlas en un aprendizaje útil a través del cual desarrollar posteriormente la obra deseada. Pues, “sólo existen dos clases de seres: los creadores y los repetidores”, como dejó dicho Paul Gauguin. Y, ciertamente, quienes en bastante forma podían considerarse descendientes del Cubismo o del Futurismo sabían que iba a resultar muy difícil establecer cauces distintos, no manidos, nuevos surcos que les permitiesen liberarse de aquellas grandes corrientes.

Para conseguirlo, había que emprender un viaje hacia otras formas, era necesario e imprescindible mirar, ya que no con otros ojos, sí al menos con más heterogéneas miradas. Quizás habría que cuadricular el sol o la luna; tal vez geometrizar al hombre mismo. Y si en un principio tuvo lugar alguna duda, si existió algún resquicio de incertidumbre, pronto se desvanecieron para dejar paso a la seguridad de que aquel camino sería el suyo.

Recordando todas aquellas composiciones que conformaron esta primera época mencionada, noto cómo un obstinado deseo intenta arrastrarme hasta ellas tratando de fijar en mi mente aquel mundo paralelo que, poco a poco, iba surgiendo en todas aquellas construcciones, maquetas y módulos; hay un afán que me lleva a intentar averiguar qué significación tenían para él aquellos cuadros, todos aquellos acrílicos y qué pretendía Pacheco que significasen para los demás. Había un punto de partida: su arte era esencialmente Abstracto y Constructivista. Era la geometría trasladada al mundo de la pintura. Y fue al llegar a esta última comprobación cuando creí comprender que era precisamente aquí donde se encontraba la clave de todas las inquietas interrogantes que a mí mismo me había formulado.

De pronto supe que allí, precisamente en todas aquellas obras, podía palparse y sentirse la realidad; que era allí donde quedaba plasmado todo un mundo, toda la vida, disimulada, escondida a medias en una concepción geométrica que, privándola de todas sus manifestaciones aparentes, se mostraban en la esencia de cada cosa, de cada hecho. Y pensé en Pacheco; en la relación que le unía a todas aquellas formas, geométricas al fin, que, veladamente, nos evocaban el movimiento, las calles, las casas. “Donde vosotros veis cosas ideales, veo yo –cosas humanas- ¡ay!, -demasiado humanas-. Muy bien podíamos valernos de aquellas palabras nietzcheanas para alcanzar a comprender aquel espíritu común entre la Vida y el Arte manifestado en los cuadros. Cuadros que eran ojos a través de los cuales también nosotros podíamos adentrarnos en aquella visión exhaustiva, distinta, abstractamente real de cuanto a nuestro alrededor se movía.

Pues, pensémoslo un instante. ¿No caminamos acaso diariamente entre paralelas a las que llamamos carreteras y no esquivamos una y otra vez ángulos a los que denominamos esquinas, y no vivimos y trabajamos acaso en cuadrados y rectángulos llámense casa, oficina, fábrica o almacén?. Sí, ciertamente la Geometría existe como ciencia, mas no por ello debemos olvidar que es una parte sustancial de nosotros mismos.

¿No está acaso nuestro mundo artificial, todo este mundo que el hombre con su progreso y su ciencia ha creado dominado por la geometría? ¿Podríamos tratar de apartar de nuestro discurrir cotidiano la línea, la superficie o el volumen? Ciertamente no. Dependemos, pues, de estas tres dimensiones y si, por un instante, las sintiéramos alejadas de nuestro lado, ¿dónde la vida, el hombre, la existencia?. Y, precisamente, a todas estas verdades axiomáticas es donde podemos acercarnos con la pintura de Pacheco. Porque toda esta concepción geométrica del mundo y del ser fácilmente podría derrumbarse ante la imagen utópica del hombre hecho de emociones y sentimientos. Mas, atareados como estamos en llenar cada uno de nuestros propios instantes, llegamos a veces, ¡tantas!, a olvidarnos de esa contextura bondadosa y humana que, al final, sólo nos quedamos con la costumbre rutinaria de seres vegetativos, cruelmente dominados por ese mundo geométrico en el que nos vemos envueltos y del que ni siquiera llegamos a percatarnos.

Las posibilidades que, a partir del Cubismo principalmente, quedaron abiertas se han convertido ahora en una fuente inagotable de expresión artística. No es la Abstracción sólo una plasmación colorista de formas que más o menos se hacen agradables a la vista sino que su atractivo, su auténtico poder último de convocatoria, radica precisamente en ese intento de arrancar de las cosas su apariencia para dejarlas desnudas y agrandarlas con su pura esencia, con el hálito último del que están formadas y a las que la específica percepción del Artista se encargará de dar vida, su peculiar y propia vida. En ellas dominará el color o podremos apercibirnos de la carencia de volumen y, sin embargo, fácilmente llegamos a comprender como el mismo Pacheco decía: “la abstracción consistiría en dotar de alas a la imaginación para crear algo que nos pueda gustar”.

Adentrarnos a través de esta definición en esas formas abstractas, recrearnos con su mera visión, sumergirnos en cada uno de sus colores, se convierte súbitamente en una aventura insólita donde sentimos cómo nuestra imaginación se desborda y llega a identificarse con ese modo ilógico e irracional de mostrarnos la Nada para convertirla en un ser extraño, vívido y lúdico. Pues será precisamente a partir de este juego vivencial, de este aprehenderse de la alegría vital del mundo, donde esa Abstracción geométrica y geometrizante muestre su alegría multicolor, sus postulados y verdades que, poco a poco, irán dejando paso a otras formas más enlazadas con una cierta manera constructivista quizás en un deliberado intento de asomarse en alguna forma a la urbe, a la metrópoli.

Todo este trasfondo hiperbólico de la realidad humana que, de alguna forma se manifiesta en esa vida geométrica, ¿podríamos decir que es la antítesis del mundo natural?. Es decir, la dualidad naturaleza-hombre, primigeniamente libres, abiertos, ingenuos, desnudos, lentamente van olvidándose de esos orígenes para convertirse en algo domesticado, laberíntico, racional y disfrazado. Y surge violentamente el choque entre el hecho de existir, con el modo de ser o existir. El artista conoce todo esto, su propia carne lo vive y necesita gritarlo, criticar la ausencia del viento que nos traslade a aquellos espacios libres, del fuego que arrase tantos laberintos, del agua que, torrencialmente, desdibuje y borre lo gris, nuestra gris frialdad.

Sin embargo, ¿es posible que esa lucha entre lo real y lo soñado pueda traspasar el umbral del raciocinio, geometrizarse y darse a conocer precisamente a través de la geometría?. Refiriéndonos a esta primera etapa de Pacheco, indudablemente no podríamos dar una categórica respuesta afirmativa puesto que una simple mirada nos diría en primer lugar que hay una absoluta carencia de mensaje. ¿Se trataba solamente de una reafirmación de “El arte por el arte”? ¿O acaso era una necesidad imperativa de dar rienda suelta a su imaginación?

Intentemos, pues, penetrar en ése su mundo Constructivista y Abstracto. Hecho lo cual no podemos sino dejarnos apresar por la duda pues al mismo tiempo que observamos ciertas concomitancias lógicas de ese mundo con la realidad (la luna, las ventanas, las casas) vemos cómo se hallan enmarcadas en un entorno del cual no podríamos decir, sin temor a equivocarnos, si son sólo una desvirtuación de la realidad, o más bien, son un fenómeno onírico a medias entre lo que realmente es y lo que podría ser.

Y, a pesar de todo, hemos de admitir que ese Constructivismo no es ningún plagio de la realidad; son invenciones en las que domina una visión exhaustiva del entorno, pero no solo del entorno físico, sino que esa visión incluye en sí misma las razones por las que ese entorno es como es. Es decir, no hay separación fría y meditada del medio sino que, incluso, podemos intuir en esas Construcciones, su otra cara originaria, el hombre, puesto que aquellas sin éste no pasarían de ser una mera ilusión imposible.

Y vemos además cómo este Constructivismo no es algo estático, sin solución alguna de continuidad; por el contrario, él mismo origina nuevos caminos que se diversifican, va abriéndose a otras esperanzas donde la mera deleitación de pintar, poco a poco, va haciéndose consecuente consigo misma proporcionando nuevos elementos que la van convirtiendo en algo más que una mera visión realista del mundo para ir mutándose lentamente hacia otros lenguajes pictóricos donde, sobre todo, prima el hecho de saberse definitorias de la esencia de un tiempo, su tiempo, donde brillan todas esas formas, todas esas construcciones inhumanas, geométricas, deshumanizadas.

Llegamos, pues, a una de las posibles consecuencias, subjetiva por lo demás, a una de las razones primordiales por las que la razón de ser de ese estilo al que nos referimos tiene una cabida lógica en nuestro intento de tratar de entender su finalidad, su fin último, la causa de su creación. Indudablemente su tecnicismo depurado, el equilibrio sistemático o la estética que el color dota a los cuadros son elementos que en ningún momento podemos dejar de lado al hablar de estos cuadros. Mas es evidente que más que en la técnica mis ojos se han dejado, voluntaria y decididamente, llevar por la subjetividad propia de un entusiasta que, más que con las alas, quiere deleitarse con el volar armonioso de la gaviota.

Pero subamos otro peldaño más en la escalera de su pintura. Comprobaremos entonces que aquellas estructuras, aquellas construcciones, aquella forma abstracta de mirar, de adentrarse en los secretos del Arte, han sido un auténtico paso en firme el cual va a dar lugar a que a su mundo vayan llegando concepciones más futuristas las cuales nos ofrecen una doble disyuntiva.

De un lado parece como si los ojos de Pacheco, de regreso de no se sabe qué espacios siderales, pretendiese acercarnos el cosmos a nuestra vida diaria y, de otro, hay en ellas como un ansia de volcarse vitalmente, pictóricamente, a la búsqueda de un razonamiento que descubra el por qué de tanta inhumana humanidad. Y así, hay un instante donde sus cuadros se vuelven perplejos; se llenan de objetos-máquinas como una demostración palpable de la necesidad de hallar nuevos mundos, como una premonición de que la Tierra, nuestro planeta, se hace chico, se empequeñece angostándonos. Se respira en ellos como un deseo de lunas, de vuelos, de ansias pletóricas de zafarse de ataduras fútiles y esclavitudes inútiles. Y esta dicotomía subyacente en sus cuadros –evocación del universo y acercamiento a lo puramente humano- que no llegamos a descifrar si constituyen simplemente una pregunta o, por el contrario, son la respuesta concreta a su anhelo, logran mostrarnos como un cierto hechizo de danzas luminosas sobre un fondo de noches esperanzadoras, una insinuación mágica tal y como si de pronto pretendiesen atrapar la musicalidad misma de la noche.

Esta lírica visión del Espacio, ¿puede llegar a darse con tal magnitud y fuerza en una persona?. De hecho, la sensación producida por estos cuadros, casi rozando idílicas ilusiones, muy pronto irían dejando paso a otras formas, a otras concepciones más duras, más agresivas, más humanas.

Es éste el instante en el que hacen su aparición las líneas quebradas. Y ciertamente no llegan a hacerse todavía incómodas ni agresivas, pues esas hendiduras engarzadas entre sí, ese fraccionamiento radical de la línea recta, es todavía capaz de conservar su dulzura ante los efectos proporcionados por el color que, en alguna forma, logran amansarlas, domesticarlas, pero que, al mismo tiempo, no dejan de ser una premonición de lucha y de duda, de vértigo ante la espiral gigantesca de un mundo saturniano, devorador insaciable de minutos y horas, híbrido ser de pasado y presente eternamente persiguiéndose y eternamente condenado a no encontrarse.

Es ese afán de pincelar el movimiento el que, por deducción, nos aproxima a la idea de la Tierra, de la existencia, de la Traslación. Y a pesar de que, hasta ese momento, hay una ausencia, tan prolongada como total, del Hombre-movimiento, del hombre-habitante-de-la-tierra y el espacio, su incógnita va desvelándose en esos mundos oníricos que nunca llegan a ser circulares, siempre cuarteados como si sobre ellos hubiese errado siempre una perfecta boca geométrica cuyos dientes se hubiesen obstinado en evidenciar la imperfección o la fragilidad de las cosas.

¿Es todo una simple metáfora, es realidad, es un sueño?. Ese romperse de círculos imperfectos, hendidos por lanzas-deseos que logran a veces cruzarlos, esas miméticas ruedas-mundos que no son ni unas ni otros, divididas, superpuestas o simplemente recortadas vaticinan, por su propia ausencia latente, al hombre.

Y llegan hasta nosotros, como un eco, las propias palabras de Pacheco: “Quiero expresar la angustia del hombre en una sociedad que le ahoga entre máquinas y materialismo”. Es un poema pictórico, ¿pesimista a veces?, continuamente alegórico y siempre dispuesto a dejarse arrastrar por la esperanza.

De ahí que en ese mismo año de 1975 aparezcan también obras más gratas, más agradables, cuñas de alivio y consuelo, de desahogo gozoso introduciéndose en aquel maremágnum agobiante. Nos referimos a cuadros como “Persona sentada”, “El Gallo”, o “Pájaro en reposo”, acrílicos todos en los que la curva casi llega a apoderarse del cuadro desprendiéndose así una mayor sensación de movimiento, una momentánea desaparición de la geometría rigurosa y estricta para dar paso a una serie de formas insinuantes que se libran de abrumadoras divagaciones y se convierten en agradables remansos de quietud.

Sin embargo éste, llamémosle así, ciclo, incluido en esta primera época de Joaquín Pacheco, constituye un leve oasis de formas tranquilizantes; aunque suponen también una tentativa de fijar nuevas sensaciones en sus cuadros mediante unos trazos evidentemente diferenciados de sus otras creaciones y, cuya vida propia, cuya individualidad temática dentro del conjunto de esta época es evidente. Ellos son uno de los vestigios más diáfanos que apuntan hacia su segunda etapa posterior, el Figuracionismo.




METAMORFOSIS

Soy.

¿Qué soy?

Fui

¿Qué fui?

Fui y soy.

Seré y he sido.

¿Dónde voy?

¿Hasta dónde he ido?

Omitamos ahora todos los verbos, todos los signos. Olvidémonos momentáneamente de todo: de las afirmaciones, de las preguntas, de la palabra. Detengámonos otra vez en la figura que, inmutable, firme y fieramente nos mira. Unidlas y pensadlas tal si imagen y palabra fuesen una misma energía. Ambas son un grito despiadado y desgarrador emplazando a la existencia, llamándola, citándola.

Mas ¿quién era el temerario que pretendía esta trepanación del ser y el existir? ¿Era siquiera imaginable aquella visión angustiosa ahora que el hombre había alcanzado cimas inauditas de progreso y tecnología?

Joaquín Pacheco irrumpió bruscamente en el año 1976. Con él traía una obra pictórica que, durante los cuatro años inmediatamente anteriores, había ido consolidándose hasta formar un concepto de su propio entorno y del espacio donde ante todo primaba el racionalismo y la geometría por medio de las cuales tomaba formas la fantasía a veces y, otras, las ciudades nocturnas o las ventanas iluminadas eran un presagio de aquel ser invisible, aunque palpable, que en ellas ¿vivía? y dormía.

Se hacía necesario así olvidar momentáneamente la mera contemplación abstracta del Universo para tratar de buscar al Hombre, conocerlo y tratar de saber cómo y qué era, por qué y cómo existía. Había que hallar necesariamente a aquel Hombre Superior y congratularse con él.

A partir de este momento las telas de sus cuadros comienzan a llenarse de rostros inhumanos, de figuras angustiosas y oprimidas, de entes híbridos de huesos o metal. Y si bien es cierto que no son una representación ostensible del hombre, también lo es que la semejanza entre ellos y los objetos robots con que la era de la cibernética se ha apoderado de nuestros ojos solamente es una de sus posibles interpretaciones. No, aquí no hay robots. Hay Pepitos de carne y hueso a quienes anteriormente les ha sido arrebatada su piel y hasta su esencia. A partir de ahora van a ser una constante; se convertirán en tema obsesivo y obsesionante. Y esa obsesión que, como ya hemos dicho, provoca un giro radical en la obra de Pacheco, al optar ahora por el figuracionismo que la absorbe, no olvida, sin embargo, la técnica con la que hasta entonces había trabajado.

Esto es, la geometría sigue constituyendo el eje axial que recorre su obra, mas también en ella se ha introducido una mutación. Ya no es aquella geometría racional, fría y analítica al servicio de la Abstracción; aquella frialdad se ha convertido en algo vivo, parlante. Las horizontales, las verticales, las diagonales se han corporeizado, se han hecho metafísica lineal introduciendo así en su obra una nueva visión crítica y social como meridianamente podemos deducir de sus propias palabras: “La pintura, aparte de ser un medio de evasión plástica para la deleitación, a mi juicio particular, también debe ser el testigo lúcido y real de su momento”.

Todo esto quedaría traducido en una cierta exasperación existencialista, en un vitalismo ardiente, dentro del cual Pacheco trata de moverse en un intento desesperado de hallar respuestas a sus propias interrogantes. Y ciertamente es la existencia del hombre, el drama de su existir, lo que prima ahora en sus composiciones. ¿Podríamos relacionar entonces en alguna forma figuracionismo y existencialismo?. Pienso que en este caso indudablemente hay un nexo común puesto que todos esos rostros, precisamente, son réplicas concretas a situaciones precisas cuya relación individual y última es el ser. Más aún, es el ser pero claramente delimitado, puesto que se trata del hombre urbano, del habitante de la metrópoli. De esas ciudades y urbes donde la tecnología y la máquina, o mejor, las consecuencias de ellas derivadas han provocado en ellos una deshumanización evidente, a pesar de que muchas veces, ni tan siquiera lleguemos a ser conscientes de ello. Y sin embargo no hay una visión esencialmente pesimista en esto. Más bien ese pesimismo deja paso a la dureza, a la realidad cruda que de todo el contenido de la obra se desprende, convirtiéndose en un medio de rechazo hacia cuanto esos postulados de progreso y tecnología puedan llegar a influirnos provocando así nuestra propia decadencia, ya que no autodestrucción.

Llegamos así al mismo punto originario del que ya habíamos partido: el ser. Intuyendo en él el origen de estos rostros quizás podríamos intentar acercarnos un poco más a ellos, tratar de adivinar quién mira a quién. ¿Nosotros a ellos? ¿O son ellos los que nos perturban con su mirada?. Plantémosles cara. Todavía ignoramos qué son exactamente. ¿Son autómatas, calaveras, robots, o son hombres? Esencialmente habría que decir que son y representan la angustia, el miedo, la incomunicación, la incertidumbre de una humanidad que necesita urgentemente desprenderse de tantos ostentosos abalorios y que precisan asumir al hombre libre, eólico, desnudo.

Esta denuncia del hombre, esa crítica de la sociedad, se nos ofrece en todos estos acrílicos basados primordialmente en la figuración la cual está amparada y sostenida por el tratamiento del color y la técnica empleada. Son acrílicos de fondos planos donde los tonos grises y sienas, los negros y los rojos dotan a los cuadros de una precisa sensación de vacío que alcanza toda su vigorización y fuerza mediante esas expresiones adustas y agresivas de las figuras.

Indudablemente nos encontramos ante un arte, más que antihumano, satírico, reflejado en esos ojos atormentados, en esas cuencas vacías y dientes erizados, en esas bocas cerradas, mudas, donde todo está dominado por aristas airadas. No hay condescendencia alguna del artista que haga posible que, a través de su creatividad, esa búsqueda intensa del hombre y su hábitat alcanzase otros caminos más fáciles, menos intrincados, en los que de alguna forma se pudiesen dulcificar las consecuencias que de la propia obra se extraen. Esta se proyecta desnuda y palpable a los ojos de quienes llegan a contemplarla y es tal la fuerza de la que todas estas creaciones primeras están dotadas que, frecuentemente, llegan a producir incluso una sensación de rechazo en la mirada del que las contempla. Lo cual, al mismo tiempo que se convierte en una apasionante y extraña experiencia, llega a resultar incluso normal y lógico debido quizás a la absoluta ausencia de belleza que de ellas se desprende.

Y esto que podría llegar a considerarse como algo perjudicial para la propia obra, surte en cambio el efecto contrario. Ha habido una renuncia premeditada de la belleza, logrando así la desfiguración de lo “bello”, lo que provoca una sensación de discrepancia entre la obra y su admirador de modo tal que, si bien éste no llega a identificarse con ese estado concreto de exasperación, sí ha de reconocer, en cambio, que son situaciones límites que, en uno u otro momento, ha visto o incluso ha podido sentir. Nos adentramos así en todo el significado profundo que detrás de la obra permanece oculto. Según lo ya dicho, más que con los mortales, habría que relacionar esta figuración con sus estados anímicos de miedo o incomunicación, todo lo cual resulta innegable si por un instante nos acercamos a la realidad vívida y vivida por muchos otros seres que sienten los hierros rusientes en su color; a tantos instantes de soledad masificada o, ¿por qué no?, a nuestro propio interior de hombres a veces cansados o hastiados.

Si artísticamente Joaquín Pacheco ha logrado injertar este mundo figurativo dentro de la escena del Arte, habría que incluso ir más lejos y decir que muchas veces estas concepciones extremas del hombre casi llegan a convertirse en radiografías plásticas de su propia vida. Con todo lo cual muy bien podríamos afirmar que, dando por sentado que la subjetividad puede llegar a convertirse en la esencia misma del Arte en cuanto es ella la que activamente participa e incluso determina una etapa concreta del creador, esta figuración, a la vez que se entronca dentro de ese estilo concreto, rompe moldes y fija una nueva personalidad acuñando un acérrimo individualismo.

Individualismo que, asimismo, queda manifiesto en la ausencia de devaneos fútiles con modas imperantes o estilos pasajeros. Por el contrario la línea que desde un principio quedó trazada ha seguido tratando de hallar nuevas vías de expresión y la firmeza de su ejecución y continuidad se ve avalada ante el conjunto de la obra que podemos apreciar y que, lejos de suponer un encasillamiento obligado, un encastillarse férreo en una idea o concepción absoluta, ha ofrecido las más variadas formas de expresión.

Y dentro de éstas, ahondando una vez más en el tema central de esta época, comprobamos cómo esa figura deja de convertirse en algo limitado para desembocar en un ser universal y ontológico. Asistimos así a la visión del hombre como espacio, como habitante del mundo que necesita extender su individualismo, repartirlo y compartirlo. Es este espíritu también el que pervivirá dentro de la obra de Pacheco. Concebirlo así puede incluso parecer extraño o peregrino y sin embargo no es menos cierto que tras todas esas caricaturas adustas, detrás de esos disfraces semi metálicos que lo ocultan, el hombre lucha por zafarse urgentemente de tantas caretas, de tantas máscaras que lo agobian y lo aprisionan.

Ya Zaratustra había dicho: “Os enseño al Hombre Superior”. Mas ese ser perfecto, lejos de acercarse hasta nosotros, lustro tras lustro, había ido perdiendo más y más credibilidad de poder llegar a ser ni tan siquiera una remota posibilidad. Así pues se hacía necesario gritarlo una vez más. Había que insistir para que aquel ser imperfecto, aquel hombre ansioso de superación pudiese retomar su propia ambición de filantropía y humanidad. Para ello tenía antes que percatarse de su situación crítica y real, tenía que mirarse en los espejos de su angustia, debía descender hasta conocer su propio vértigo y soledad para, observándose, negarse a dejarse acoplar como un mero tornillo, como si lo único trascendental de su existencia se limitase a ser una tuerca más dentro de la maquinaria gigantesca y absurda que movía el mundo.

No se trataba, claro está, de hacer una pintura filosófica que pusiese de manifiesto ante los ojos atónitos de los humanos todos sus defectos y lacras, como tampoco consistía en una alegoría del conglomerado de odios, tensiones o represiones que subyacen en nuestra sociedad industrializada. Mas todo ello, de forma involuntaria y natural, había cristalizado poco a poco en los cuadros ante la evidencia de que, prácticamente, era imposible tratar de separar todas esas consecuencias del motivo principal de la pintura.

No existía una intención manifiesta de crear un Anti-hombre pero esa ausencia de humanidad, esa mecanización cruel de los rostros, ese privar al hombre de su propia carne, no deja de producir una sensación escalofriante de hallarnos precisamente ante el hecho brutal de que es el mismo hombre el que prodiga y promueve se deshumanización con lo que, una vez más, la situación derivada no vendrá sino a confirmar esa hipótesis del Anti-hombre, la desdoblación del ser, ese alejarse de sí mismo para ser sus posesiones y su progreso.

Todo lo cual provoca una desmitificación de ese Hombre Superior creando al propio tiempo una doble visión del ser humano que se desdobla en dos suposiciones: de un lado como osamenta lúdico-metálica, y de otro, como víctima de su propia dialéctica vital entre ser y estar.

Conceptos estos evidentes a la hora de hacer esta breve monografía, pues de tal forma llegan a dominar todo lo creado durante este período que, de tan obsesivo como se torna, llegamos incluso a olvidar todas las ausencias que dentro de la pintura de Pacheco hemos de apreciar. Y así comprobamos cómo la mujer no ha logrado filtrarse absolutamente en ninguno de sus cuadros; cómo, amante de la tierra o el aire, éstos no han llegado a alcanzar esa influencia, esa trascendencia de las que, en cambio, goza el hombre.

Y mientras, en tantos lugares, los campos eran verdes, amarillos y verdes; el cielo se dejaba teñir de púrpuras y de azul y los sauces robaban sus lágrimas al río. Todo presagiaba un murmullo lírico de tranquilidad y sosiego. ¡No era un sueño! ¿Por qué entonces aquellos fantasmas metálicos, aquellos hombres de hierro?. Preferían las tuercas y los tornillos. –Y entonces quisieron reírse y no supieron; y quisieron cantar y hablar y tampoco pudieron; y quisieron mostrar el asombro de sus ojos, mas sus ojos estaban ciegos-. Y un día se preguntaron: ¿Cómo es la naturaleza?.

No hay Apocalipsis, ni espanto, ni tan siquiera un leve resquemor en esas palabras para tratar de mostrar el mundo y la vida como una gigantesca náusea. Todo lo contrario. Más bien diría que un solo segundo puede colmar unos ojos, una mano, al más exigente de los mortales. Y es por esto por lo que la capacidad de admiración ante cualquiera de esos retratos no tiene límites. Son una estirpe en la que muchos, muchísimos, podríamos integrarnos. Ellos no son nosotros, mas su aspecto son las sombras que diariamente, en fábricas, en cárceles, en rutina, en guerras, en tantos menesteres, nosotros mismos, el hombre, proyectamos.

Más tarde, ya casi en los comienzos del 78 podemos ir apreciando cómo muy suavemente van introduciéndose en sus cuadros sutiles retoques que, aunque muy levemente, producen una sensación menos agridulce, más persuasiva. Ahora aquellos fondos grises y sienas, rojos y negros, tan duros, tan hoscos y fuertes, van dejando paso a los azules, malvas y carnes. Con ellos se origina un recrearse de los propios cuadros que ahora aluden a la claridad, a un remanso esperanzador, a una cierta humanización progresiva y lenta que asimismo se presiente en la menor prominencia de las aceradas aristas, con lo que los perfiles pierden gradualmente agresividad, como si les inquietase ese cambio, incluso como si sufriesen y aún temiesen esa pretensión de suavizar sus perfiles que les privaban, a su vez, de su angustiosa fiereza.

Ahora aquellos seres van alejándose de su soledad extenuante al contemplarse bien dentro de una habitación geométrica, o sumergirse en un paisaje abstracto, elementos que van ofreciéndonos una mayor sensación de realidad. Poco a poco el hombre va acercándose a la tierra, a los caminos, a los techos que le guardan, a la piedra, al aire y al horizonte. Va a pretender sumergirse pletóricamente dentro de todo aquello que signifique comunicación.

Habían sido necesarias muchas horas penosas, muchos días donde la duda filtraba cada pensamiento alojado en la mente, muchos instantes donde la exploración de colores y de formas se convertían en desesperación. Nada había sido desperdiciado al fin y todo se convirtió en materia obligada y necesaria para alcanzar esta confirmación de un modo de expresión figuracionista que se apartaba de los modos tradicionales. Esa figura que la pintura había utilizado y asumido como uno de los medios más idóneos para dar a conocer al ser humano adquiría de nuevo un importante papel merced a estas creaciones. De nuevo el Artista convertía en arte los conceptos.

Mientras tanto, nuevas exploraciones, nuevas formas esperaban las manos artífices del pintor.




AFIANZAMIENTO

Indudablemente, Más que tratar de hacer una cronología rigurosa sobre la vida y obra de Pacheco, la intención primordial que aquí ha imperado ha sido la de llevar a cabo unas divagaciones personales que propiciasen, desde un punto de vista particular, un esbozo de su producción, partiendo de un número determinado de sus cuadros que, intencionadamente, sí fuesen representativos de cada uno de esos “tempos” en los que el pintor ha marcado una clara diferencia con lo que hasta entonces había producido.

Dicho esto, es innegable que tras el primer trienio del 73-75 donde la Abstracción y el Constructivismo fueron los temas que ocuparon la práctica totalidad de sus telas, surgió después una Neofiguración que, si por sus antecedentes podría incluirse en el grupo de ese mismo nombre, había nacido, a su vez, con unos rasgos lo suficientemente poderosos como para poder considerarla auténtica vanguardia pictórica.

Llegamos así al año 1979. Pacheco, consciente y seguro, continúa inmerso en su estilo geométrico. Y de la misma manera que ya anteriormente había suscitado un cambio radical en los temas elegidos, de nuevo ahora nota cómo nuevas inquietudes se abren camino en un intento irresistible de ampliar ese mundo laborioso y perfectamente definido que es la geometría. Así pues, continúa componiendo sus reflexiones y esquemas sobre la base del prototipo predominante de los dos años anteriores, pero introduciendo en ellos detalles que, sin llegar a ser trascendentales, parecían reconciliar todos aquellos Arquetipos con la idea originaria, el hombre.

Esta humanización de la figura logra, por una parte, que aquella toma de conciencia crítica y social que había mantenido y que tan ostentosamente había exteriorizado el pintor hasta muy poco tiempo atrás fuese dejando paso a una visión más heterodoxa, donde si bien la inquietud ante su entorno real y social continuaba siendo un prurito importante, igual o mayor importancia iban a cobrar a partir de ahora otros temas, más intimistas a veces o simplemente más ligados a una concepción más vívida y entusiasta. Ahora las líneas de su primera etapa no son ya rectas que ayudan a la composición; son caminos infinitos, desconocidos. El hombre-máquina-autómata es un humano más, aunque sigue predominando en su visión la incertidumbre que lo domina. El espacio vive como esperanza, mas solo se vislumbra como un reto que el ser humano ha de vencer. Con todo lo cual su obra gana en realismo el cual se patentiza en el empleo del color. –ya no son aquellos colores imaginarios de anteriores etapas- o en una mayor simplificación de planos, observable en las formas humanas, alejándose así de aquel barroquismo imperante hasta ese mismo año de 1979.

Es seguro que donde más fácilmente podríamos apreciar y comprender esta especie de huida de aquellas obsesiones y angustias existencialistas, sería en uno de sus cuadros que muy podríamos titular “La Pareja” y que constituiría la síntesis más esclarecedora del cambio originado en el pintor. En sí mismo este cuadro supone ya una auténtica conquista por el esfuerzo y el coraje que han hecho posible su realización práctica debido a sus grandes dimensiones (146 x 114 cm.). Y si esta circunstancia no podemos de ninguna manera convertirla en una simple anécdota, junto a ella, hemos de reseñar que se trata de algo completamente nuevo e inédito dentro de lo hasta ahora creado por Pacheco puesto que la idea en él contenida y desarrollada va a suponer un importante hito.

Aquí se ha infiltrado de pronto la mujer y no lo ha hecho de una forma solitaria o como argumento prístino de la composición sino que, muy al contrario, ha surgido en su doble vertiente de amiga y compañera.

A través de ella, con su aparición, asistimos a un desmoronarse lento de cuanto hasta entonces había cristalizado en forma de frialdad y exasperación; da la impresión de que, con su entrada en este universo concreto es ella –calor, afecto, unión- el fuego que ha venido a derretir, suavizándolo, mitigándolo, aquel ser cáustico y fiero, casi, casi irreal. Como si las nubes lloviesen ahora palabras para fertilizar el diálogo interrumpido, toda la comunicación hasta entonces rota, obstruida.

Hasta ahora el hombre había sido contemplado como especie o a través del prisma desolador de unas situaciones concretas y determinantes que rememoraban encarcelamientos, torturas, represión; a partir de ahora, esa visión queda totalmente personificada; la persona, el individuo, hombre o mujer, alcanzan una nueva dimensión a través de elementos como el amor, la entrega o la pasión, absolutamente impensables hasta aquí.

De lo maleable e importante en que puede convertirse la geometría una vez en las manos de su creador podemos nosotros llegar a comprenderlo ante la variedad de temas a los cuales esa ciencia “racional y analítica” es capaz de amoldarse cuando el artista decide utilizarla para expresar a través de ella todo cuanto a él mismo le conmueve y de cuanto, a su vez, quiere hacer partícipes a los demás. De esta forma, nada es capaz de abstraerse a la percepción sensible de Joaquín Pacheco que, en un determinado momento, siente cómo es la misma Naturaleza la que lo busca y reclama de sus pinceles un testimonio diferente de la tierra y los campos, una prueba amorosa que deje manifiesta la necesaria fusión entre ella y el hombre. Lógicamente esa prueba demostrativa llegará a través de una serie de paisajes donde la geometría vuelve a recobrar su esquematismo, su poder de síntesis y resumen, lo cual no llega, desde luego, a producir en nuestro ánimo emoción alguna ante su necesaria ausencia de lirismo pero que, al propio tiempo, ha logrado imantarlos de una expresión sobria pero real, severa pero sin llegar a la frialdad. Son paisajes tratados a veces como tema central de la composición y otras que sirven para prestar una mayor verosimilitud a las ideas que se pretenden desarrollar. Paisajes, claro está, que muy raras veces llegan a conectar con lo que diariamente vemos y consideramos como tales ante la ausencia del árbol, las plantas u otros elementos que son parte intrínseca de ellos y que, pese a su esquematismo, cobran vida propia al integrarse en este modo de pintura.

Asimismo durante este período, junto a los cuadros dominados por el paisaje, se produce también un regreso hacia uno de los temas que ya anteriormente había tratado en sus comienzos: el Espacio. Mas si entonces se trataba de elementos flotando dentro de un cosmos imaginario, ahora ese mismo espacio está contemplado como continente de la esperanza, como una utopía verosímil a la que el hombre no puede renunciar.

Ese paso gigantesco que el hombre había dado para acercarse a las estrellas, tenía que conmovernos y hacernos sentir la necesidad de convertirnos en viajeros del firmamento. Se hacía necesario abrirse a otros mundos, hermanar planetas y mostrarnos receptivos a nuevos cánticos astrales; de esa búsqueda surgirían nuevas vidas, nuevos seres cuyo conocimiento y hallazgo supondrían para el hombre un reencuentro feliz con sus ancestrales aspiraciones y deseos de armonía y de paz. Hacia esos mundos miraban ahora las criaturas engendradas por Pacheco. Era el símbolo de una nueva era donde el hombre se ensanchaba hacia los espacios siderales en busca de su propia autenticidad y, al mismo tiempo, comprendía que debía despojarse de su coraza de frialdad e insolidaridad.

Aquella concepción tecnificada y escalofriante del mundo se trastoca ahora en sus predicados. Se aprecia un sucesivo abandono de los tonos gris-ceniza dando una mayor entrada al color verde. Ante todo, destaca aquí el color como fuerza fundamental de la composición. Tanto, que nos lleva a imaginar una gigantesca ola que, momentáneamente, hubiese engullido el globo terráqueo y en el segundo siguiente hubiese brotado un ser nuevo, amante y amado de una armonía universal. Planeta y hombre se miran recíprocamente, conocen la distancia, pero saben que ésta es solo un ineficaz impedimento para su ya cercano encuentro.

Este período comprendido entre 1979 y 1983, a la vez que prolífico en cuanto a la obra desarrollada, lo es asimismo por la variedad temática de la que se halla impregnada. Y así, los motivos de sus creaciones seguirán atrapando dentro de la tela de araña de su geometría esculpidora, una serie de temas que ahora ya no tienen límite alguno. Y esa percepción geométrica de las cosas y los seres va calando dentro de nosotros como algo menos extraño, más natural. Desde esos paisajes interplanetarios a esos homínidos mecanizados todo tiene su asentamiento preciso dentro de esta pintura-retrato, de esa dualidad inmanente de su obra que es plástica y metafísica y, sobre todo, humana.

Como ya quedó dicho, uno de los méritos de esta pintura podríamos encontrarlo en el hecho clarividente de que, más que nada en sus dos últimas etapas, aun sin resultar estéticamente bonitos estos cuadros, sin llegar a agradar de la misma forma en que nuestros sentidos pueden sentirse halagados ante una marina, un paisaje expresionista o un bodegón, tienen un indudable ascendiente que los convierte en atractivos y hacen que nuestras miradas se detengan abstraídas y asombradas ante ellos.

Pacheco, iconoclasta de lo icástico, toma en sus manos ese mundo natural que lo rodea y, sin llegar a destruirlo, lo deforma, logra abstraerlo en una idea, concretizar cada sensación, logra representar una visión distinta aunque claramente enraizada con cuanto ha provocado todo lo que, anidado en su interior, sentía la necesidad de nacer. Y si durante un tiempo el color gris se identificó con esos rostros dominantes de sus composiciones en las que indefectiblemente predominaba un fondo malva o negro que, sin embargo, nunca llegaba a apoderarse totalmente del cuadro puesto que ese fondo más que un motivo predominante servía más para la vindicación de la propia figura, de igual forma, sus cuadros se llenan ahora de azul.

Emparejado en el tiempo con este color reconfortante y vital, de nuevo nos sorprendemos ante una de sus creaciones. Aquellas recalcitrantes figuras misántropas de su segunda etapa, en un determinado momento, se concretizan en una donde la visión del ser humano alcanza un punto culminante de radicalización. Por un momento, esa cabeza mítica, mostrando al desnudo su propio cerebro, manifiesta cada una de sus circunvoluciones dando la sensación de haber plasmado en cada uno de sus relieves todos los recónditos sentimientos anidados en el hombre.

Y es que, tal y como aquí podemos observar, de tal modo pueden convertirse en radiografías estos cuadros que casi nos resulta imposible discernir qué es más importante, si la forma o el contenido que de la obra se desprende. Tal es su fuerza, tal la garra que la habita, que podrá producirnos una sensación de beneplácito o incluso de repulsión, mas nunca, al verla, podremos mostrarnos indiferentes o apáticos.

Sensaciones éstas que nuestras retinas grabarán intensamente en nuestro cerebro y en las que el silencio exasperante que recorre gran parte de la obra constituye un elemento no menos importante y trascendental. Porque para oír estos cuadros, para poder escuchar lo que en ellos queda dicho, no resulta suficiente, al final, nuestra mirada. Será necesario adentrarnos en este silencio malva y azul, gris, negro, tan palpable, tan grande, dejarnos arrastrar sumisamente por su repetida voz para que el significado y la expresión de lo representado llegue a pertenecernos, a ser un átomo más de nuestra propia vida.

Vida y Arte, hombre y creación. Dos conceptos necesitados uno del otro cuya primera premisa se ve enriquecida cuando decide esa aproximación a la obra artística, cualquiera que ésta sea. En la obra de Pacheco, esa aproximación supone, además, un acercamiento obligado a nosotros mismos, porque sus cuadros son un eco distorsionado de nuestra propia vida, un engañoso espejo hablándonos de nuestras íntimas dualidades existencialistas. Cuadros que son una prolongación universal del Artista por cuanto se ramifican hacia otros seres, hacia otras existencias afirmando así aquel nexo común entre el Arte y el Hombre.

Por un momento podemos llegar a imaginar que, en gran parte de esta obra, subyace, ante todo, una aguda crítica del ser humano y su progreso en la que ambos, como mínimo, quedan en entredicho. Más exactamente, aún sin descartar esta posibilidad como una hipótesis más, yo afirmaría que precisamente no podemos pretender aherrojar en manera semejante estos cuadros. Todo lo contrario, pues, por encima de todo eso, lo más clarividente son las múltiples interpretaciones a las que la obra entera se presta. Cada cuadro es una variación de los otros y, a su vez, es único porque la conmoción que en nosotros originan, siempre es distinta; nunca nuestros ojos contemplan lo manifiesto ante su urgente necesidad de descifrar lo ignoto en aquella metáfora acrílica.

Habían transcurrido diez años desde la primera exposición individual de Joaquín Pacheco. Estos años transcurridos provocaron un lógico afianzamiento de su pintura y, apoyado en esta madurez, había logrado imprimir a su obra un carácter único. Sus figuras de hombres cosmopolitas, sus paisajes, más que desérticos enigmáticamente cercanos a la soledad humana, el reencuentro con la naturaleza y la contemplación del espacio como un plausible intento de desmoronar otra utopía demostraron que su vocación de artista y su pasión por la pintura eran el medio imprescindible para pregonar desde su individualismo su particular concepto del mundo, de la vida, del hombre.

Que una creación sea original o excéntrica no es suficiente, indudablemente, para que pueda considerársela como Arte; no podemos poner en duda, sin embargo, que esa individualidad el medio más idóneo para lograr un lenguaje personal que, al propio tiempo que nos produce autosatisfacción, nos aleja de esa visión tópica y manida de la existencia y el existir. Es esa unicidad en la forma de expresar los temas y en la manera de desarrollar las formas donde, una vez elevada a la categoría de Arte, aquel individualismo avanza un paso firme y decidido hacia la universalización de la propia obra creada.

Nos encontramos así con que la madurez artística de Pacheco es ya un hecho real. Madurez que, lógicamente, proseguirá buscando la perfección en cada nueva tela, hasta que llegue el instante en que ésta sea sinónimo de aquella. Sin embargo hemos de anotar cómo tras su última exposición paisajística de 1980 el pintor ha seguido creando, meditando y pensando su obra y, al mismo tiempo, o precisamente por eso, ha sido un tiempo voluntario de reflexión y silencio.

Como alegría última de esta pintura reconocer que, como magma que petrifica cuanto a su paso se interpone, ella ha fosilizado una concepción del hombre que habrá de servir como un punto más de referencia de este ser cuyos vectores se encuadran en dos fechas claves: 1984, cargado de connotaciones, más que proféticas, esencialmente realistas en cuanto a la progresiva deshumanización de nuestra solidaridad y de nuestra individualidad, y nuestra mirada puesta en el siglo XXI, un reto maravilloso del que esta pintura es una insinuante admonición. Mirarnos en el espejo de esos cuadros será un acicate para borrar la verdad que representan; permitir que el hombre se forme como individuo, desmasificarlo, será convertirlo en amante del mundo, porque anteriormente se habrá amado a sí mismo; cada ser habrá llegado a estar de acuerdo consigo mismo, como medio ineludible para estar de acuerdo con los demás.

Ha querido mi osadía finalizar estas divagaciones procurando un último retrato-imagen de Joaquín Pacheco poniendo en sus labios estas palabras de H. Hesse: “No quiero que mi único motivo para vivir sea la vida; no quiero que mi único motivo para amar sea la mujer, necesito dar un rodeo y pasar por el arte, necesito el placer solitario y elaborado del artista para poder estar a gusto con la vida, incluso para poder soportarla”.




HASTA 1990

Lo que había imaginado como un punto final al concluir los tres capítulos precedentes, allá por 1983, el transcurrir de los últimos siete años han logrado convertirlo en un circunstancial punto y seguido. Y así, donde la intención era colocar la palabra FIN, transgrediendo las normas lógicas de aquella deseada e hipotética publicación sobre Joaquín Pacheco, hoy, brevemente, condensadamente, retomaremos la humanidad, los eventos y la figura de aquel pintor que, tras este septenio, es, distinto, el mismo; homónimo de su voz y sus gestos pero diferentes sus ojos y sus manos en lo que a su prosa pictórica se refiere.

Porque este nuevo capítulo, es conveniente decirlo, no es la sucesión lógica de la página inmediatamente anterior. Surge siete años después de esa última página, pretendidamente futurista entonces, y que, si no se corresponde en el tiempo ordinario de la narración, de ninguna manera puede considerarse como una glosa aparte o añadida sino como una auténtica suerte, quien lo escribe así lo entiende, de que este transcurso del tiempo haya constituido una afirmación categórica, un signo evidente de que Pacheco nació para pintar y que su obra densa, variada y multiforme es la explosión visual de sus alegrías y anhelos, de sus dudas o sentimientos vitales.

Y nada mejor para retomar estas anotaciones que remitirnos a uno de los vigorosos cuadros de su último quehacer. Por un momento, Pacheco encarna ahora a Teseo y una Ariadna invisible, ¡qué escondido resorte íntimo lo propicia!, ha aproximado hasta él el hilo enigmático del legendario ovillo empujándole fuera del laberinto pictórico que, hasta hace algún tiempo, le ocupaba. No ha sido, desde luego, una conquista fulgurante abandonar ese dédalo de intrincados pasadizos; han sido necesarias la meticulosidad extrema, la paciencia y la experimentación constantes las que han hecho posible que su empeño por encontrar una salida distinta y nueva para sí mismo, una locución novedosa que se materializase en sus cuadros, pudiese llegar a ser la realidad que es. Bastaría, para comprobarlo, una rápida contemplación de sus últimos trabajos. Tomemos como muestra la última exposición realizada y, ¡cómo no!, la más ambiciosa también.

Exposición que constituyó una despedida pletóricamente gozosa de otra década. Noviembre de 1989 puede constituir un hito a reseñar en todo lo hasta este momento realizado. Porque allí Pacheco reemplazó formas y concepciones; desbancó, que no aniquiló, retazos de su pasado y, suavemente, una por una, fue desplegando aquellas sus 43 abstracciones esperando que un viento bonancible se acercase hasta ellas y henchidas, velamen arriado al viento, surcasen entre océanos de miradas festivas, a través de mares tranquilos o apasionados, ardientes, humanos. Y no resulta difícil, en verdad, aún no siendo un perfecto conocedor de toda su obra, apreciar el cambio originado en sus telas; Pacheco, de alguna manera, mantiene todavía, ¿indecisamente viva?, cierta figura desdibujada, fluctuante; prosigue asimismo recalcando esos trazos fuertes, coriáceos, que han prevalecido desde siempre en sus composiciones y, sin embargo, es muy posible que, sintámonos oráculos voluntarios por un momento, alguna de esas expresiones propias también de su obra anterior, sean los restos últimos de un duelo gestado en el interior de su cerebelo volcánico, cuya muestra más evidente sería el magma incandescente, ese color rojo dominante en muchos de los cuadros, o ese polvo de mármol que arruga las telas, las estría y las llena de surcos cual si de tierras de lavas agrietadas se tratara.

Es por todo ello por lo que, sin dudas ni ambages, podemos afirmar que no nos encontramos ya en un época meramente de transición pues si bien es cierto que, como el mismo pintor reconoce, ha habido una pequeña época de crisis, de búsqueda diría yo, durante este tiempo inmediatamente anterior a 1989, no es menos cierto que esas crisis son necesarias, exigibles incluso, cuando el resultado es tan significativo. Indudablemente el salto al que el propio autor se obligaba ante ese cambio, ahora podemos comprobarlo, ha salvado el escabroso precipicio que se interponía entre su más inmediato ayer y su hoy más actual. Era abandonar la tierra fértil, para hallar otra más feraz. Y la ha encontrado. Ha volcado fuera de sí nuevas percepciones las cuales se han plasmado en tonos más cálidos: rojos, azules, negros o blancos que, de tan abrumadores, originan una conmoción, o inquietan, a pesar de su aparente sosiego y tranquilidad.

A la luz de todo esto podríamos preguntarnos si ése vuelco de Pacheco, ese extrovertirse alborozado puede ser una de las causas que lo acercan, ¿o lo empujan?, hacia esta Abstracción a la que en la actualidad se ha aproximado y en la que tan porfiadamente se ha establecido. Al fin y al cabo no se trata, en absoluto, de algo completamente desconocido para él; ya desde sus inicios como pintor se adentró en esta maraña de sensaciones múltiples. Pero, indudablemente, no era el mismo tiempo. Aquella geometría imperante, aquella intención primigenia de humanizar la geometría o de geometrizar al hombre han dado paso ahora a nuevas formas abstractas donde todo es distinto. De hecho, la temática de sus cuadros actuales acoge en ellos la Idea como Ente para, a partir de ella, crear, plasmar todo lo ontológicamente posible; a pesar de que un título pueda, a veces, ayudar como simple observación, o como mera indicación de una posibilidad más, ni la única, ni la que, por supuesto, el observador ha de fijar en sus pupilas como tal, sí podríamos, a la luz de toda esa obra Abstracta mencionada, hacer un pequeño hincapié en los susodichos títulos por cuanto pudiesen contener de relación personal entre el hacer y la voluntad de hacer del Artista. Y así podemos comprobar que los temas elegidos mantienen una relación umbilical con sus creaciones pasadas. El Espacio, el Paisaje, los Soles y las Figuras siguen proveyendo al autor de una inspiración que, si bien cuanto a su temática podría ser la misma, las formas nos muestran claramente ese salto al que antes nos referíamos y que, como vemos, constituye en sí mismo toda una demostración palpable de imaginación y de provocación personal.

Por otra parte, observamos la ausencia intencional de dotar a las imágenes, a la mayor parte de la obra presentada de mensaje, subliminal o abierto. Se trata únicamente de recrearnos con la contemplación de cada cuadro, sin tratar de buscar referencias concretas a discursos bienintencionados, ni a partidismos, ni a doctrinas. Todo es más simple. Únicamente nuestros ojos son los protagonistas de lo que tienen ante sí. Para ellos será su capacidad de admiración o de no asentimiento, su apatía o su dejarse arrastrar por estas mezclas de colorido, de quimeras, de creaciones vagas, como elementos de un sueño parcialmente vislumbrados, pero nunca conocidos reflexivamente. ¿Es provechosa esa ausencia clarividente? ¿Quién tiene que advertir a quién? ¿Es el maestro consagrado el que ha de establecer cauces y pautas, o será más bien la consagración personal del artista quien le haga fijarse, si lo desea, un mensaje, o mejor, una misiva universal de múltiples lecturas en la que cada observador deletree sus propias y únicas admoniciones?. En cierta manera, ahondando levemente más en lo que a ese mensaje se refiere, podríamos deducir que estamos ante un Pacheco vitalista que quisiera dividir, fragmentar cada uno de sus instantes para conjugarlos luego en una amalgama expresiva y ardiente de ensoñaciones coloridas, de rasgos enérgicos y brillantes. Es un adentrarse en lo abstracto no ya tanto para evadirse de lo concreto, cuanto para no dejar huir de su lado la duda. También esta reporta un más amplio espectro de visualizaciones; también el abanico perceptivo que con ella se hace posible, agranda el hecho imaginativo que la seguridad absoluta limita a lo demasiado concreto, a lo excesivamente uniforme y monótono. Porque con la duda se ignora hasta dónde es posible llegar, pero con la seguridad, cuando se torna autoritaria, es un único trazado el que te obligas a seguir. Y la duda es lo no evidente, lo irrazonable a veces, lo utópico muchas, donde las cotas de autenticidad son inimaginables de determinar. Y no afirmamos esto como si pontificáramos sobre el bien y el mal; de sobras conocemos que hubo una vez, en tiempos no muy remotos, un pintor cuyo nombre, ¡oh casualidad!, también era Pacheco, el cual, si lo hubiese pretendido firmemente, figuraría como el Pintor Satírico por excelencia, como el Aristófanes de nuestros días. Pacheco fue hondamente satírico; Pacheco zahirió con sus mensajes. Sus figuras de antaño, tan ásperas, tan desabridas, filtraban hasta nosotros rictus de odio, aquella inflexibilidad del vivir diario, un automatismo amargo y dolorido que tantas horas hubimos de convivir. Aquella mordacidad era crítica despiadada; él paseó la burla y el sarcasmo por doquier; después, a medida que todo se fue normalizando, a medida que el dolor se iba diluyendo y conforme la rigidez comenzaba a suavizarse, poco a poco, también Pacheco abandonaba aquellos hombres de artificio y de hierro, los gestos de impacto, el mensaje como centro.

Así pues, hemos de concluir que un nuevo Pacheco avanza generoso en su obra, abstracto en sus imágenes, versátil, cerrando lentamente un ciclo más, abriéndose hacia otros eventos, hacia nuevos aconteceres artísticos. 1990 es un pórtico amplio y grande que inicia otra vez su futuro. En su investigar continuo, en su creación prolífica, el Artista sentirá cada vez más próxima de sí la lucidez de sus cuadros, se detendrá en las propias huellas que marcaron su camino, observará los espejos mudos que le reflejarán y su conclusión, su decisión final, estribarán siempre en mirar un poco más lejos de lo que sus ojos alcanzan, en aventurarse hacia otros planetas aún ignorados, en llegar a nuevos espacios donde las dimensiones no existan, donde el espacio mismo sea fútil, innecesario.

Aventuremos. ¿Y si después de tantos ismos, un día, lejano o no, Pacheco se asombra ante lo meramente natural?. También resulta grato, es gratificante que el artista plasme en algún instante retazos de ese entorno donde holgadamente se mueve, con el que vive y convive, al que le da su presencia, donde ni se extravía ni se pierde, al que tantas veces se ignora cuando en él se vive, y se añora, sin embargo, cuando por circunstancias ajenas lo abandonas. Quizás una mañana su mirada, real o abstracta, nos asombre con lo autóctono, con un catálogo donde Aragón sea sustancia y forma, trazos geométricos, invenciones sonadas o realidades de siempre. Este supuesto paréntesis en la obra de Pacheco que, osadamente me atrevo a aventurar, lo veo, sin embargo, como algo muy lejano todavía; un desdoblamiento de sus pinceles, un momentáneo acercamiento a la tierra y al agua, al cierzo impetuoso que zarandea nubes, que grita en barrancos y esquinas, que se agita y se mueve, que violentamente nos acaricia. Ahora, en este tiempo concreto de su personal actividad creadora, ese realismo no pasa de ser una quimera. Tan natural es y, sin embargo, resultaría casi ilógico en su obra actual; diríase que no tiene cabida, que es imposible eslabonar ese realismo a su quehacer enérgico, pujante y vital. Sería como engarzar una gema, un diamanta en un trozo de hierro cualquiera. No nos adelantemos entonces a sus particulares universos; rindámonos ahora a sus cosmos transparentes, a sus formas fluctuantes, a ese bullir de burbujas que flotan en los espacios rojos, a esa agresividad menos patente, pero que perdura, que se niega a alejarse del todo.

Agresividad actualmente cierta, no excesiva, pero ¿sería posible un viraje de Joaquín Pacheco hacia una dulcificación de formas en su obra?. Podríamos suponerlo si comparamos su actualidad con aquellas obras fieras y amargas de su primera época. Pero esto no implica en forma alguna que la producción actual sea objeto de una degeneración progresiva, donde la mansedumbre vaya a conquistar por sí sola todo el contenido de los cuadros. Evidentemente no es éste el caso. Pero fijémonos un instante en uno de sus cuadros de la mencionada exposición última. Contemplemos “El Pulpo”.

Intencionadamente o no de él han desaparecido los trazos duros y gruesos que bordean la mayor parte de las otras producciones. Y admitimos esa duda porque es algo que ignoramos. ¿Se trata simplemente de una experiencia más? ¿es una señal premonitoria? ¿o quizás el motivo radique únicamente en resaltar de esa forma el resto de las composiciones? Como quiera que sea lo cierto es que “El Pulpo” establece una diferencia notable. La desaparición de ese círculo envolvente da origen a una mayor sensación de libertad; hace que el cuadro transpire más; incluso se deja mirar más acariciadoramente, diría yo. Y es que esa masa blanca y rugosa, cabeza dormida o en acecho, los tentáculos escondidos, todo él altivo y dominante, dueño absoluto de la profundidad donde reposa, es señor del azul intenso donde permanece libre, ajeno a la coraza impuesta por su creador a la mayoría de sus congéneres pictóricos.

En esta tarde de marzo de 1990 yo mismo he de asombrarme ante el último párrafo escrito. Cuanto, personalmente, había intentado deducir en “El Pulpo”, revierte ahora en mi contra. Sus tentáculos, redivivos, me aprisionan. Únicamente me liberarán tras una rectificación. Rápidamente, claro está, trato de hacerle comprender que todo ha sido producto de una confusión; que mis conjeturas habían sido excesivamente inquietas y se habían prodigado en afirmaciones, cuando sólo quisieron ser deducciones. De acuerdo. Tú, Pulpo, te hallas dentro de los orígenes de este viaje pictórico. Yo, en cambio, había supuesto que pertenecías a los últimos, a lo más vanguardista.

... Ahora lo sé. Sé que todo este conglomerado de firmamentos varios, de temas distantes y distintos, de Minotauros ardorosos, de formas y colores, reunidos o por separado, han sido el fruto de obligadas estaciones que el creador ha atravesado, de ciclos y etapas que conservan una lógica subordinación. Así pues, en tu honor, Pulpo, dejaré que mis ojos se aposenten de nuevo en fechas anteriores a ti; que mi mirada recuerde eventos pasados, hechos pretéritos de los que, presumiblemente, tú eres fundamento.

Ya retrocedo entre vértigos planetarios; y desciendo furiosamente y a medida que el pasado cada vez se aproxima más a mí, aquel vértigo, lentamente se aplaca, se apacigua hasta retomar aquellas vivencias, aquellos momentos irrepetibles, lejanos, vivamente recordados, tan ausentes..., tan todavía nuestros.

Llego, y al llegar, contemplo la maravilla que a mis ojos se ofrece. Es el silencio. Lo estoy viendo. Veo “El Planeta Verde”. Y así, momentáneamente, de nuevo ciudadano de 1985 paseo por entre esta trilogía de calmas siderales, recorro el majestuoso sosiego que desprenden, respiro con fruición su quietud, su calma. Ellos tres, Verde, Rojo y Azul, los Planetas, son cita obligada de una etapa; despedida y colofón de una época. Los tres abordan el espacio. Aunque la perspectiva es propia para cada uno de ellos. El “Planeta Verde”, aun perteneciendo a este momento, por coincidencia con el tiempo y por la temática, mantiene diferencias notables con los otros dos. De él se desprende un halo de misterio, un toque mágico. Es un sueño placentero donde el color verde (verde oliva, verde juventud, verde amarillento otoñal) domina toda la composición. Verde enérgico, verdes que se difuminan hasta casi amarillear. El planeta vibra en el firmamento y una cabeza humana, Pacheco, ¿humano?!!, de espaldas a nosotros, espectadores verídicos, contempla solitaria, arrinconada y misteriosa aquella esfera girando en el universo. Porque es una cabeza humana que no hace presagiar en modo alguno los elementos figurativos tan absolutamente relacionados con el figuracionismo imperante en épocas pretéritas y que, sin embargo, claramente dominaría las otras dos obras posteriores. En la segunda de ellas, tan preclaro resulta este predominio que podría incluso robar al cuadro su título original de “Planeta Azul” y denominarse, Astronauta, como de hecho así sucede en más de una ocasión. Y, por fin, como desenlace de esta trilogía nos hallamos ante el “Planeta Rojo”, donde una figura, aparentemente mujer, se ha incardinado de forma exultante en la obra y que, más que un personaje femenino, aquel que nos mira, que nos interroga o a sí mismo se pregunta, podríamos definir como alienígena, confundido y desconcertado, ajeno completamente a todo lo humano. ¿O se trata únicamente de una llamada de atención, una hipótesis, asumible o no, de otros mundos, de otras vidas que esperan pacientemente, que aguardan una positiva armonización de mundos alejados entre si? Mientras tanto, desde su posición privilegiada, observan y nos contemplan a nosotros: humanos, poderosos; tan destructivamente poderosos, tan humanamente crueles.

Son ellos dos, esencialmente, ¿Astronauta, Alienígena?, quienes con sus rasgos impulsivamente curvos, con esa imagen deleitante de humanización de personajes geométricos, van a dar paso a otras dos obras, dos desnudos femeninos que constituyen un hito en el calendario personal de Joaquín Pacheco. Estos cuadros, por la técnica empleada, por el uso de la línea, por el grosor de los trazos, están situándonos, nos han aproximado irremisiblemente a este esperar suave, a este fallecer de una visión concreta y puntal del autor. ¿Qué sucederá a partir de este momento?. Por suerte, el propio pasado, (recordemos, fue “El Pulpo” el causante de este momentáneo viaje hacia atrás en el tiempo), nos ha dado ya la respuesta. Detengámonos, a pesar de todo, por un instante. Permanezcamos siquiera brevemente, frente a aquellos desnudos... Es el suyo un leve toque erótico; ni histriónico, ni mordaz; una afirmación breve, condensada, de lo vivo y natural; un cántico a la fertilidad. La geometrización de lo meramente humano, del individuo, del ser. Atrás, en el tiempo y en la memoria, permanecían todos aquellos otros personajes duros, crueles, aherrojados en su interior, calaveras, robots... Después de muchos años, detrás de tanta tensión, alejados ya de aquellas tempestades de coraje y aflicción, estos desnudos, este plasmar la femineidad, ponían feliz término a toda aquella pintura tenebrosa.

Una vez más, lo mítico y lo real, lo legendario y lo natural, momentáneamente confluían afirmándose mutuamente. Representada en el Ave Fénix, una época moría, un “tempo” muy concreto de la vida del pintor se extinguía vitalmente. Aquel morir, aquel fenecer era mera trashumancia; un nuevo embrión comenzaba a nacer, oculto todavía, arraigado, el germen de obras nuevas, de nuevos discursos pictóricos, pronto aflorarían a las manos creadoras del pintor.

“Autorretrato en mi mayor” era vástago y tallo primaveral allá por el lejano otoño de 1986. Savia nueva, renovadora... Pintores expresionistas, románticos o cubistas, muchos, ¡cómo no!, plasmaron su propia figura de genios. Sus rasgos permanecen intactos en sus telas recordándolos, dando fe de su obra y existencia. Es su propia imagen la que prevalece; su rostro, su cara, sus gestos nos hablan de ellos. De ahí que, el referido “Autorretrato en mi mayor” de Joaquín Pacheco, por el título, pudiera parecer una insolencia.. ¿Cómo autorretrato si ni figura el autor, ni remotamente aparece? Joaquín Pacheco no está hablando ahora con sus pinceles del cuerpo; lo meramente físico ha quedado relegado a un segundo término. En realidad se ha originado un cambio demasiado excitante en su obra como para que todo ese magma que hierve en su interior no aflore. Esa excitación, esa mezcla de espejismos y divagaciones, de fábula e innovación, se reproducen en ese cuadro y se convierten así en un plagio del mismo Pacheco, en una reproducción de su estado de ánimo, cuasi musical. No se trata de una revolución dentro de sí mismo, por supuesto. Tampoco es necesaria. La idea del Planeta no ha desaparecido. En cierta forma es una continuación de los otros planetas anteriores, aunque hasta ese mismo círculo ha roto su propia forma de talismán. Se adivinan nubes que lo resquebrajan, que sólo nos permiten una visión parcial de ese planeta sobre un fondo siena, apaciguador. Y si en la parte superior de la obra se ha introducido esa sencilla y visible mutación, es en el extremo opuesto donde más manifiestamente puede palparse el retrato de la circunstancia actual de Pacheco. Nos encontramos en 1986, ese momento presente de ebullición que se desparrama gozosamente en este collage. Felizmente ese aprovechamiento de retazos de tela, de viejos trozos de periódico, de toda esa materia inerte que de nuevo recobra la vida, origina una sinfonía pictórica donde bemoles y sostenidos, cada nota, vive por sí misma en el cuadro, ungiéndolo de una musicalidad vitalista y estimulante, convirtiéndolo en un pentagrama que verdaderamente nos hace difícil imaginar, ni aún rememorar, aquellas otras etapas pasadas, tan sombrías, tan comprometidamente angustiadas.

Y así, a partir de 1986, encadenamiento lógico, se produce un discurrir de Pacheco entre collages y acrílicos donde sigue experimentando; menos cada vez con las telas, aunque prosigue con el papel para introducir luego también el cartón de rizo. La propia geometría toma partido e introduce sus elementos propios en la mayoría de las obras. Lo figurativo se ha ido diluyendo circunstancialmente y permanece, en cambio, con fuerza evidente un contexto abstracto-geométrico. Estamos de nuevo ante una temporada, entre 1985 y 1989, donde lo primordial ha sido el esfuerzo continuado y fecundo de manejar la materia, seguramente debido a una significativa influencia de Tápies. Ha sido éste un tiempo de transición, de trabajo sin grandes auditorios, sin aspavientos. Más que de exposiciones, de muestras, diría yo. En la antigua sala M-TRO, en Bonanza, en acogedores y cálidos espacios, en solitario o en exposiciones colectivas, Pacheco pintaba, Pacheco se adentraba en la escultura, Pacheco, vigoroso, itinerante, fustigaba la calma y la tranquilidad permaneciendo en el Arte, viviéndolo, modelando su obra, recreándose en ella. Ya quedó dicho en la breve muestra realizada en dicha sala M-Tro en 1987: “Dejemos al Artista buscar su ambicionado Quinto Punto Cardinal. Dejémoslo viajando de Pólux a Aldebarán, de Casiopea a Altair,, a Bellatrix o Proción”.

Nos hallamos de nuevo en 1989. Noviembre. Retomando esta fecha, devolvemos estas páginas a su punto álgido, a la mencionada exposición en el Palacio de la Aljafería. Todavía hoy recuerdo la inauguración. Era de noche y las torres imponentes, el suelo empedregado, el foso, todo parecía trasladarme a otras épocas pretéritas. Hacía ya algún tiempo que no veía a Pacheco y, por tanto, ignoraba sus últimos trabajos. ¿Qué depararían ahora sus nuevas creaciones? ¿Hasta dónde provocaría mi admiración? ¿Se trataría de un peldaño más en su vida pictórica? ¿Qué novedades habría enmarcado ahora?.

Y cuando crucé las enormes puertas del Palacio, conforme recorría los pasillos repletos de sus cuadros hasta llegar al Salón de Exposiciones, mis preguntas se desvanecían como fuegos de artificio, aumentaba mi admiración y cada cuadro me contagiaba su sonrisa, su luz y su alegría. Después, el propio pintor amablemente, con paciencia, me hablaría de aquella su producción extensa, circunscrita a 1989. Ahora mencionaba los temas paisajísticos, luego me nombraba otra etapa de abstracción figurativa...; recorríamos uno a uno todos los cuadros y aquella amalgama de colorido, aquellas composiciones que él mismo diferenciaba, de las cuales paternalmente apasionado comentaba, me hicieron recordar aquel viaje profético. Dos años después había de admitir que su visita a los Asteroides no había sido en vano.

Llegados hasta aquí, acude a mi mente de nuevo el intitulado “Pulpo”. Lo recuerdo porque, en sí mismo, tiene su propia especificidad. Tratándose como se trata de la última exposición de la Aljafería, incardinado dentro de la Abstracción Figurativa, es obligatorio añadir respecto a él que realmente se trata de una obra de las primeras realizadas para esta exposición. Y es importante precisamente por la línea negra de la que carece. Donde dije sensación de libertad, considerando dicho cuadro vanguardista, he de corregir ahora y afirmar todo lo contrario. Su libertad fue una libertad concedida por el autor al hallarse entre sus primeras creaciones. Y esa línea negra es posterior. Es decir, era una forma de diferenciar más, si cabe, los colores entre sí; de remarcar más todavía el texto central del cuadro; que la figura central, ya de por sí predominante, constituya el espíritu que se apodere de toda la obra. Esta salvedad era necesaria hacerla. Esa línea negra, más fluida en las primeras obras aquí presentada, cada vez es más patente y severa.

No querría dejar transcurrir este instante para recalcar algo que creo también muy importante en lo aquí presentado. Se ha producido una fuga notable de la geometría como apología de sí misma. No ha desaparecido pero es indudable que la transformación originada en Pacheco ha motivado en él una visión más fluida, más universalizada. Todos estos acrílicos y lienzos logran trasladarnos de uno a otro lugar más resueltamente, con mayor soltura que antes. Influirá también en ello, siquiera parcialmente, ese Dripping o salpicado que aviva y precipita el movimiento, que insufla más vida a la propia obra. Y por lo que se refiere a esa huida de la Geometría, ¿se asentará Pacheco en su antípoda? ¿asirá de alguna manera lo “ageométrico”, se interesará por ello hasta adentrarnos en ignoramos qué recónditos resultados?. Por ahora, nada nos permite afirmarlo de manera concluyente.

Sí podemos afirmar y testificar que hoy, en esta década final de nuestro siglo, Pacheco, decididamente ha vuelto sus ojos al clasicismo. Tratemos de situarnos entonces en esta aparente paradoja. El pintor, casi 2000 años después, quiere revivir, ¡festiva coincidencia!, la cultura minoica; es decir, vive, fantasea y se adentra en la mitología. Se trata de un argumento prístino en la actualidad. Ese retorno a lo clásico se ha convertido en la referencia obligatoria, en el trasunto contumaz y obstinado con el que, a partir de ahora, o mejor dicho, ya, ha entablado una dura pugna en la que el cuándo y el cómo del final, nadie, ni el propio artista, puede aventurar. Sí podemos, sin embargo, considerarnos testigos de los cambios que en su técnica se han ido introduciendo: desaparición progresiva del papel periódico y relegación del polvo de mármol por el de tosca. Este es más suave, menos frío; convierte las texturas en más blandas, menos rugosas; la visión de la tierra es menos lanzaroteño, menos lunar, se aproxima más a lo cálido, pero no llega, nunca podría legar al empalago de lo dulzón. Como hemos podido comprobar el pintor se halla ahora sumergido en una Abstracción Figurativa evidente. Es un dualismo tenaz que, es muy probable, incluso se convierta en un momento crítico. Quizá ese Minotauro como elemento primordial de sus composiciones actuales, obliguen a Pacheco a decantarse hacia una u otra. No es nada baladí, desde luego. Por una parte, la figuración ha sido una constante en su obra desde sus orígenes como pintor; por otra, la Abstracción posee en sí misma suficiente rebeldía e indocilidad como para que se produzca un abandono completo, radical.

El decantamiento por una u otra imagino que no va a ser, si en realidad se produce, nada fácil. Ya de por sí el propio tema elegido contiene una carga de agresividad lo suficientemente impetuosa como para que ambas formas, Abstracción y Figuración, desempeñen un papel trascendental dentro de esta creación específica; al fin y al cabo, las referencias que de dicho tema el pintor ha aportado hasta ahora dejan entrever una cierta dosis de virulencia que, desde luego, no reflejan, como casi siempre ha sucedido, un Minotauro bucólico y festivo. Hay ahora en los cuadros un predominio de lo salvaje, de la crueldad inherentes a la leyenda; el recuerdo de los sacrificios humanos en honor del Minotauro posee la suficiente carga de ferocidad como para, en cualquier instante, relegar lo festivo y plasmar la visión sangrienta e inhumana del dios-toro.

De hecho, este tema, raro y extraño, torvo y solemne, pensado como un ciclo concreto y que, según parece, puede obligar al autor a mantener consigo mismo una controversia entre Abstraccionismo o Figuracionismo, no resulta ya nada intangible o hipotético por cuanto las primeras creaciones han sido ya plasmadas en varios acrílicos. Falta ahora la exposición de todos esos bocetos y cuadros que aportarán definitivamente la luz sobre ellos mismos, que será el auténtico y definitivo desenlace de todo este entramado actual. Y parece ser que existe alguna posibilidad de que este suceso tuviese lugar en la isla canaria de Lanzarote. Recuerdo el castillo de San José allí ubicado, tan próximo el mar, y no encuentro lugar más propio para esa exposición, salvo la misma isla de Creta.

Releyendo este último capítulo he notado que se han introducido en él una variada cantidad de fechas como una forma de fijación de sucesos, como una manera de precisar fases y concretar etapas. Esto que, por un lado podría resultar orientativo, lleva implícito asimismo el peligro de ofrecer una crónica en exceso exhaustiva, de pretender cronometrar el tiempo pasado. De sobra sabemos que los criterios para establecer cada fase son muy relativos, al ser ella misma origen y causa de etapas nuevas o de ciclos pretéritos. Mantengamos, entonces, esas fechas como una posibilidad más pero sin desechar la idea que ellas mismas poseen de movedizas, de inestables, de versatilidad.

Al llegar hasta aquí, más o menos trazado el perfil de Pacheco-artista, subjetivamente esbozados los trazos más relevantes del conjunto de su obra, con el júbilo de haber sido testigo de toda su creación y de las conmociones en ella producidas, hay un detalle humano, una circunstancia vital suya que sucesivamente ha pretendido infiltrarse dentro de este conglomerado de líneas y que mis dedos se habían negado hasta ahora a consentir. Hoy, sin embargo, a punto de finalizar este bosquejo de Joaquín Pacheco, cierro mis ojos, accedo a la libertad plena de la pluma y me niego a ser yo mismo censor de lo real y evidente. Aragonés como Goya, físicamente obstaculizado como él y, ahora esta afinidad entre Tauromaquia y Minotauros, creo que es el momento idóneo para vislumbrar un futuro acercamiento al genio y a la figura del Maestro.

... Hubo una vez un libro que giraba en torno a la vida y la obra de un pintor; y no pudo, cuando lo pretendió en 1983, llegar hasta las pupilas y las manos de los presuntos lectores. Llegaría por fin el momento en que se convirtiese en un objeto más para colocar en estanterías; en un deseo de que quienes escuchasen cuanto quería decir se hicieran cómplices suyos: que alguna vez, en algún momento, mirasen, para admirar, los cuadros de Pacheco y, viéndolos, llegasen al mismo final, a idéntico propósito que la anterior vez.

“No quiero que mi único motivo para vivir sea la vida; no quiero que mi único motivo para amar sea la mujer, necesito dar un rodeo y pasar por el arte, necesito el placer solitario y elaborado del artista para poder estar a gusto con la vida, incluso para poder soportarla”.


Título: PACHECO.

Autor: Tomás Floria Parrilla.

Zaragoza 1990.

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