domingo, 14 de agosto de 2011

NOCHE DE LUNA LLENA





NOCHE DE LUNA LLENA

by Joaquín Pacheco.




En la profundidad de la noche se esconde nuestro misterioso personaje embozado en su elegante capa negra adornada con extraños bordados que le llega casi hasta los pies. Con felino sigilo camina despacio por el empedrado piso con miedo a ser descubierto por algún parroquiano nocturno que habitan aquellos solitarios y olvidados lares, oteando cada uno de los rincones de las fachadas de los miserables edificios con manchas de humedad y de historia, que pueblan el barrio chino de la ciudad, como si le fuese la vida en ello. De pronto se para bruscamente para escuchar con todos sus sentidos puestos en alerta máxima, los murmullos que le llegan desde la sucia callejuela por donde transita su encorvada figura y con vacilantes pasos retoma su andadura en pos de su cruel venganza.

El eco de sus pisadas lentas ahora resuenan en la obscuridad del lúgubre y maltrecho callejón sin salida, lleno de cachivaches inservibles abandonados por sus pobres moradores. Se para y se apuesta en el interior de un portal de mugrienta pintura con salpicaduras de verde moho. Con feroces ojos sin vida inyectados en sangre, observa el fondo del maloliente callejón y ve la mortecina candela de un viejo farol que alumbra escasamente una puerta con desconchadas molduras animales mitológicos de colores desvaídos.


Mientras la atroz figura del vampiro emboscada en la oscuridad de la noche eterna espera a su víctima inocente, el frío corazón le late con furia rabia porque presiente que el final del drama se aproxima. Se acerca el desenlace final de su drama.

Sus fieros ojos llorosos vislumbran con felicidad asesina, como se abre la puerta del club y de ella sale una joven dama sin compañía y con pasos decididos sale de su escondite y le asesta una fiera dentellada en su delicado cuello de cisne.


Ahora es solo un frenesí de locura ciega y sus fríos ojos se van inyectando de sangre inocente. Le invade un placer de lujuria infinita que le hace perder la noción del tiempo. De su estéril existencia. De las comisuras de sus finos labios resbalan rojas gotas de sangre y se oye un último estertor de vida de su víctima que nos avisa de su muerte y muy lentamente la deja caer al suelo, se arrodilla y le da un beso en sus dulces labios. Del interior de su capa negra, saca una delicada rosa blanca que la deposita en el escote de su vestido y besando sus angelicales manos llora amargamente la muerte de su joven amada.


Y en lo alto de la obscura noche brilla una intensa luna llena...



Foto: Joaquín Pacheco.