MARTES



Martes es un proyecto de novela que empecé para mi vergüenza hace ya varios años y a la fecha de hoy reconozco de no haber pasado del borrador del capítulo I, aunque es verdad que tengo acabada la trama de la novela, e incluso por capítulos. Supongo que algún día de estos -no se en que año- vera la luz por fin y podré decir que la he acabado.


Mientras eso ocurre os muestro un retazo de lo escrito hasta hoy:





CAPITULO I


MARTES


Primavera del 2002


¡Bip!… ¡Bip!… ¡Bip!… ¡Bip!… Sonaba cruelmente el despertador.
Entreabrí penosamente los párpados y pensé:
-¡Jodido martes!
¿Pues, era martes?...
¿Sí?...
¿No?...
¡Bip!… ¡Bip!… ¡Bip!… ¡Bip!… Sonaba interminable el zumbido del reloj.
-Tengo que apagar ese nocivo trasto o me va a volver loco –pensé medio adormilado.
Rodé hacia un costado y estirando el brazo cogí torpemente el maldito reloj logrando parar el maldito pitido, suspirando aliviado.
Miré atontado y somnoliento al techo blanco de mi anárquico dormitorio. Los tenues rayos del sol empezaban a filtrarse suavemente a través de las cortinas de la ventana, pudiéndose vislumbrar toda su extensión y recargado mobiliario. La habitación es amplia, de techo alto. Me gustan las casas antiguas y grandes; soy incapaz de poder vivir sin perder la razón en un piso moderno, con sus techos bajos y espacios mínimos que solo los pueden habitar los grillos. Mi socorrido dormitorio está amueblado con armarios, estanterías con un sinfín de libros, cuadros colgados en las paredes, lámparas antiguas, telarañas centenarias y una serie interminable de cachivaches inservibles, incluido yo.
Mi cabeza estaba embotada y me costaba centrar las imágenes que percibía a través de mis ojos entornados.
Casi todas las mañanas me pasaba igual, la eterna pregunta: ¿Qué día era hoy?...
-¿Lunes?... ¿Martes?...
¡Las neuronas, las castigadas neuronas! Hacía tiempo que las pobres hacían de las suyas y les costaba su buen rato reaccionar, se tomaban su tiempo, para poner en marcha mi adorado cerebro. Aquel día tenía que rendir al cien por cien, para la dura jornada de trabajo que se avecinaba. Si en verdad era martes...
El minuto y medio de angustia había pasado y ya sabía con toda certeza que día era hoy –respiré hondo, aliviado.
¡Sí, era martes!
Sí, era un puto martes -pensé.
Muy lentamente, -cosa que me pareció un siglo- con supremo esfuerzo logré levantarme de la cama. No me encontraba bien aquella mañana, tenía una resaca de mil demonios. Me quemaba la garganta y la cabeza parecía un tío vivo a punto de explotar.
Las copas que me tomé con mi amigo Emilio la noche anterior me estaban pasando factura, machacando el cerebro… la garganta era como una lija y las tripas…
Me inundó una necesidad imperiosa de beber agua. Agua fresca… Cogí la botella para las emergencias de la mesilla de noche y bebí un largo y sonoro trago… Repetí varias veces aliviado.
¡Joder, había que ver que mal estaba aquella mañana!
¡Dios,… siempre pasaba igual! –me decía a mí mismo:
-La noche anterior tan bien charlando y bebiendo sin control en mi bar preferido con mi amigo Emilio… y ahora jodido, con un dolor de cabeza colosal –pensé con pena.
-¡Puto alcohol de mierda! –comenté en voz alta.
-Tengo que dejar de beber –pensaba en voz alta.
-¡La hostia!… Y encima tengo que ir a currar…
¡Ay Dios mío, que asco de vida! –grité sin que me contestara nadie-. Lógico, vivía solo en aquel destartalado estudio, desde que me había separado de Marion, y de eso hacía ya algunos años...
La velada con mi amigo había sido perfecta –recordé embotado por el efecto del alcohol-, e incluso había disfrutado como un enano, con los siempre ingeniosos comentarios “cáusticos y despiadados” de mi compañero de fatigas. Sus chistes eran despiadamente mordaces y me reí hasta destornillarme de risa. También hablamos de varios negocios, teníamos algún que otro interés común que nos unía comercialmente. Y entre copa y copa y platos de jamón y chorizo, fueron pasando las horas tranquilamente.
Hacía un montón de años que lo conocía y apreciaba en él con el transcurrir de los años, que cada día estaba peor de la chaveta. Más misógino, mas solitario… mas…
-¿Acoso Emilio se había convertido igualmente en un “lobo solitario” como yo? –me preguntaba, pensativo.
O lo había sido siempre y no me había dado cuenta hasta esta mañana resacosa…
A veces me pasaba, que tenía que relacionarme con muchas personas -por motivo de mi trabajo- y no podía apreciar como eran, como pensaban. En estos tiempos, la gente anda a la defensiva ocultando su verdadera personalidad detrás de murallas de miedo. Era todo tan complicado… Pero mi amigo, era un buen elemento.
-¡En fin, hay que arrancar de puta vez! –me dije en voz alta cabreado.
El tiempo pasaba inexorablemente en mi reloj de titanio marca Omega y si no me daba prisas, iba a llegar tarde al “curro” y aquel querido “martes” prometía ser movidito de trabajo, aunque a mí me daba igual. Yo, era uno de los veteranos en el gabinete de dibujo, y sabía como hacer escapaditas de la oficina sin que se notara mi ausencia. Todo un arte. Mi sitio de trabajo estaba en la planta tercera en ala izquierda del edificio y la socorrida máquina de café en la segunda y mis amigos de tertulia, también.
Eso era lo que necesitaba para encontrarme bien –pensaba con deleite mientras me aseaba rápidamente en el amplio baño-, un buen café con leche bien calentito en su punto de azúcar y la compañía de los “ociosos camaradas de tertulia”, con los que me juntaba para hablar de nuestras cosas y de alguna que otra batallita amorosa lejana, para que se me disiparan las últimas burbujas de cerveza.
Me vestí como de costumbre. A toda prisa, como un autómata, con la primero que cogí de mi caótico armario, pues el autobús pasaba por la parada a las 7:15 a.m. y no esperaba. Menos mal que la parada del bus, me pillaba justo enfrente de la puerta de mi casa y siempre por lo general, llegaba un poco tarde. Si todo iba bien, me daba el tiempo justo para fumarme tranquilo mi primer cigarrillo de la mañana, que saboreaba lentamente con regusto, viendo a través de mis gafas de sol, la gente caminar raudos a sus obligaciones…
Mientras esperaba en la parada al bus, fumando –aquella soleada mañana de primavera-, pensaba en todo lo que tenía que hacer en cuando llegara a mi querida oficina. Íbamos retrasados con un proyecto de una subcentral eléctrica y el ingeniero se estaba poniendo “borde” metiendo prisas como siempre a los del gabinete de dibujo, donde yo prestaba mis increíbles conocimientos. Me la suda –pensé sonriendo cínicamente-. Un gilipollas integral como él, no me iba a aguar el día. Además, tenía que hacer una escapadita del trabajo sin que se enterara el “jefe supremo” para ir a ver a mi querida amiga Alice, que trabajaba para el gobierno autonómico, en un edificio gris de atroz arquitectura, situado en la misma acera a dos minutos de la mole blanca del mío.
De camino a mi “curro” fui conversando con el chofer del bus: Antonio, un buen mozo bien parecido, loco por el cine, tema de conversación: las consabidas mujeres y lo que haría si le tocara la “loto”… Las calles a esa hora, ya estaban atestadas de vehículos de todas las clases y colores. La gente parecían ordenadas hormiguitas, que caminaban apresuradas con la marca indeleble del sueño aun, reflejadas en sus pálidas caras. Retrepado en mi cómodo asiento, me fui sumergiendo en mis íntimos pensamientos. Por unos instantes me aislé del mundo que me rodeaba y me sumergí en mi soledad manifiesta. Giré la cabeza y miré por la ventanilla del autobús: contemplé con agrado como corría una ligera brisa, que hacia mecerse suavemente a las ramas de los frondosos y altos árboles de las avenidas. La ciudad recobraba poco a poco su actividad. La ciudad despertaba…
Como de costumbre, era el primer gilipollas en llegar a la oficina, tiempo que aprovechaba de una forma impecable y profesional en ratear todo el material de oficina que necesitaba para mi estudio y en fumarme mí segundo cigarro de la mañana, para relajarme de tanta emoción delictiva. A continuación hice unas cuantas llamadas telefónicas para solucionar algunos detalles de mis múltiples y productivos negocios personales. Cuando tuve todos mis temas particulares en orden, empecé a trabajar en los jodidos planos.
A las 8:30 a.m., puntual a mi cita de todos los días, me descolgué por la máquina del café. Allí ya estaban puntualmente a la cita de todas las mañanas, algunos de mis “ociosos camaradas de tertulia” tomándose su sagrado café matutino de todos los días. La sala olía primorosamente a café y tabaco.
Saludé a todos con unos inmejorables ¡Buenos días! y me serví un coffe de la “maquineta del café” –como coloquialmente la llamábamos-. Me senté a la mesa con mis colegas con mi humeante café, y encendí mi tercer cigarrillo del día, que me supo a gloria divina, saboreando cada calada que daba al pitillo de Ducados.
Algunas veces antes de subir al agujero –como le llamábamos al puesto de trabajo-, caía hasta un segundo café con su respectivo cigarrillo.
Aquellos momentos de libertad y desahogo, eran toda una vida.
-¡Dios esto es vida! –pensaba con satisfacción y complacencia- entre sorbo y sorbo de café con leche, lo bien que lo tenía montado en el “curro”.
-Para eso llevaba más de veinte años en la “casa” –me dije seriamente- y me las sabía todas:
-“La Antigüedad es un Grado”-… tal como reza en la máxima del código no escrito del buen funcionario. Y así pasé unos alegres minutos.
A lo largo de la mañana, en cuanto pude escabullirme de la oficina hice un alto en mi trabajo y me deslicé a ver a Pedro mi entrenador y a sus encantadoras pupilas. Le pasé los resultados de los entrenamientos de la semana e hicimos planes para carreras venideras. Soñamos con ir a la Marathon de New York...
Teníamos tantos sueños, tantos proyectos que queríamos realizar… Nos unía una sincera amistad por en cima del deporte, éramos compañeros de curro, aunque a decir la verdad, el deporte era esencial en nuestra relación entre nosotros.
Y a sí pasé amenamente la primera parte de la mañana, entre planos y haciendo alguna que otra escapadita para hacer vida social, la jornada de trabajo transcurrió tranquilamente sin sorpresas amargas…


A media mañana como me temía que pasaría aquel jodido martes, ya había habido alguna que otra escaramuza pero sin llegar la sangre al río, con los jodidos “ingenieros”, la tensa situación por suerte, fue resuelto sin problemas, gracias a la sabia intervención de mi jefe de gabinete, experto en estas lides y otros menesteres. Capeó el temporal de una manera magistral, con unos pases de muleta a derechas e izquierdas, dignos de un maestro espada. Solo le faltó rematar la faena: “entrar a matar”, pero esto, a mi juicio hubiera sido excesivo.
-¡Ole los huevos pelaos de mi jefe de dibujo! -grité acalorado-. Los pelotas de mis compas estuvieron de acuerdo y le jalearon.
Había que tener contento a Antonio, mi jefe directo, para tener cuartelillo.
Yo, llevaba el trabajo muy adelantado por lo que estaba muy tranquilo, por ese motivo me pude escabullirme unos minutos –temblando de emoción- a ver a mi querida amiga Alice, por la que cada día que pasaba, estaba más enamorado. La había conocido entrenando en el parque y de participar en alguna carrera popular de la ciudad. Y de esta guisa, con la rapidez que da experiencia, me encaminé a la salida del edificio y me fui sin que me viera nadie.
Ya en la calle, en dirección al trabajo de Alice -respire hondo de alivio.
No me han pillao esta vez –dije en voz baja contento de emoción.
Pensé en el regreso y me dije que había que hacerlo igual, pero eso de momento no me preocupaba.
Entré en el edificio por una puerta doble acristalada y con pasos seguros me dirigí a su inmaculada recepción que estaba al fondo de un amplio hall y decorado con espartana elegancia. Pregunté por Alice a la joven recepcionista que en ese instante se encontraba hablaba por el teléfono, como una cotorra con alguien y sin parar de hablar mirándome con picardía, señaló en dirección al laboratorio.
-En el laboratorio –me contestó con retardo y cara maliciosa.
Giré hacia la izquierda y por un corto pasillo me encaminé al laboratorio. Antes de entrar me atusé el pelo con los dedos de la manos temblorosas. Noté un fuerte nudo en la garganta, la lengua estaba seca, debajo de mi camisa roja podía oír los latidos acelerados de mi corazón, que bullía por escapar por mi boca…
Con vacilantes pasos entré en la estancia y unos pocos pasos delante de mí, la vi.
Aquella mañana cuando la miré, me estremecí de emoción como un joven colegial. Estaba resplandeciente y fresca. Su delicada cara irradiaba un aura de hermosura de tal dimensión que intimidaba. Iba elegantemente vestida con un vaporoso vestido de tirantes de color blanco, que dejaban al descubierto sus largos y delgados brazos. El elegante modelito se ceñía como una segunda piel, a las formas de su anatomía, las de un cuerpo bien moldeado. Al verme, su sensual figura se movió con rítmicos movimientos voluptuosos hacia mí. Sus dulces ojos azules claros me miraron fijamente a los míos y entonces sentí el poder de su mirada, que me atraía hacia ella como un imán.
Alice inclinó el rostro para besarme y percibí su perfume. Me sobrevino una descarga eléctrica que me recorrió la columna espinal de arriba a bajo, sintiendo los aguijonazos del deseo. Mi corazón se aceleró como una moto sin frenos y me quedé mudo sin saber que decir, con cara de pardillo cortao. A duras penas me pude controlar. Casi hice una locura allí mismo, delante de sus compañeros de trabajo…
-Temía que no pudieras venir – dijo ella en cuanto estuvo a mi lado.
-¿Lo dudabas a caso?... – contesté tímidamente.
-Nada en este mundo hubiera podido evitar venir a verte – dije con pasión.
-¡Que loco estas! – murmuró ella, acariciándome el pelo.
Para entonces, Alice estaba tan cerca de mí que podía sentir su corazón palpitando a través de la fina tela del vestido.
Nos fuimos cogiditos de la mano, caminando sin prisas por la alameda, robando besos al tiempo, caricias a la suave brisa del canal, suspirando palabras de amor…
Almorzamos no se qué, en un coqueto bar a orillas del canal, que ella conocía, cerca de nuestros respectivos trabajos.
Hablamos como dos jóvenes enamorados sin prestar atención de lo que ocurría a nuestro alrededor,… de la gente que entraba y salía del bar, de sus conversaciones, sus risas, de la música que sonaba en el hilo musical, el constante trajineo de los camareros detrás de la barra...
Con nuestras miradas limpias, nos dijimos todo aquello que las palabras no pueden decir a veces, y nuestros corazones vibraron de emoción al unísono, porque sabían que estaban unidos por algo tan fuerte e indestructible, como es el amor.
Cogidos de las manos y conversando sin cesar, el tiempo, pasó y pasó, sin que nada ni nadie lo pudiera irremediablemente detener. No nos dimos cuenta del paso de los minutos, los inexorables minutos… Todo fue como un soplo de aire fresco en nuestros ojos enamorados.
Pagamos las consumiciones y salimos muy juntos del bar.
Caminamos lentamente tristes, de mala gana en dirección hacia nuestros duros trabajos, arrastrando penosamente nuestros zapatos por las cálidas aceras de la avenida, que iluminadas por los rayos del sol, brillaban sus alegres baldosas claras. La suave brisa que se disfrutaba aquella mañana, mecía dulcemente las largas ramas colgantes de los tristes sauces, llenando con sus melancólicas sombras un halo de presencias olvidadas…
Los blancos cisnes se dejaban deslizar majestuosamente por la corriente lánguida del canal. Todo respiraba paz y armonía.
Llegamos al lugar donde tristemente teníamos que despedimos, y con algo de prisas y dolor, nos dimos un último beso apasionado.
Sentí que ella se quedaba inmóvil entre mis brazos. Intenté separarme…
Con un tremendo esfuerzo, poco apoco fui soltando sus cálidas manos…
Una última y tierna mirada…
Un te quiero a media voz…
Un beso en el aire…
Lentamente nos fuimos separando y con voz emocionada, nos despedimos:
-¡Adiós! – le dije yo en un suspiro.
-¡Hasta la tarde en el parque! –contestó ella mirándome dichosa.
-¡En nuestro banco! –le sonreí yo.
Y me fui corriendo en dirección a mi trabajo, maravillado sin darme cuenta de lo que transitaba a mí alrededor. Hasta mí, llegaron los sonoros acordes de una triste balada de amor, que se escuchaba alto en la radio de un coche que circulaba despacio por la calzada. Giré por última vez la cabeza para mirarla, y aun se divisaba su imagen borrosa en la lejanía, alejarse de mí lentamente. Su efigie se quedó grabada en el interior de mi alma –suspiré hondamente lleno de gozo-, estaba muy feliz, como un chiquillo, por haber podido estar con Alice unos momentos maravillosos, robados a mí a veces, tedioso trabajo.
Caminé rápido sin mirar a tras, y de regreso a mi oficina pensaba con alegría en los ojos azules de mi amada…
En la “cita” de aquella tarde en el parque.
…¡Si, en el parque!
En nuestro banco…
Rodeados de contraluces y seductoras fragancias…
Me sentí feliz.
¡Muy Feliz!...

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