AQUELLA NOCHE




"Este fragmento esta dedicado a una historia de amor que como tantas se rompió en mil pedazos. Sin embargo, la vida me enseñó que no debes llorar por un amor que desaparece ya que la verdadera pena por la que puedes hacerlo, es por no haberlo conocido. Por ese amor que no es engreído, que no se vanagloria, que no se pavonea, que es discreto y sencillo porque vive en calma dentro del corazón".


AQUELLA NOCHE

-Me giré para mirarte, ansiaba ver de nuevo esa bella dama que nunca te abandona, que enamorada de ti, te acompaña en cada gesto, en cada palabra... La que adorna con los dones de la serenidad y la paz tu mirada. Ese mar infinito de luces inciertas que juguetean caprichosamente entre destellos y tintineos, en el que a veces, me sumerjo arrastrada hasta lo más profundo por la fuerza incontenible de sus olas. ¿Sueño ó realmente algunas de esas luces son reflejos de los focos del escenario?

Sí, allí estaba ella. Contigo, como siempre, a pesar de que dormías. Absorta, observé como vencía tu inmovilidad recorriendo con sus frágiles manos cada facción de tu rostro, que en aquellos instantes resplandeció intensamente alumbrado la penumbra que embargaba mi interior esos días. Lo confieso, me perdí en cada caricia que te regaló, siguiendo con suma ternura sus precisos y delicados trazos que dibujaron tus labios, tu largo y esbelto cuello, tu pecho... todo tu cuerpo. Al igual que tú, sucumbí a ella, a su encanto, a su irresistible invite. Caí en sus brazos llenos de consuelo, me arropé en ellos.

-Ella y tú, tú y ella, ¿soís lo mismo? -me pregunté mientras descansaba en su confortable regazo.

De repente, el tormento que vivía oculto en tu alma desde hacía años surgió alterando tu sueño. Te revolviste agitado, querías escapar de él, así que antes de que lograra hacerte despertar, deseando liberte de él, alcé mi mano. En ese preciso instante, me detuve temerosa. Una duda se apoderó de mí.

-¿Te despertarás? ¿Sentirás que no es ella?

Ni pudiendo siquiera imaginarlo, la bella dama tomó mi mano y la apoyó dulcemente sobre la tuya. Sin comprender aquel gesto, la miré fijamente a los ojos y ella me respondió con una inocente sonrisa. Me pudo la emoción al descubrir que nos cogió a ambos con su dicha mientras deslizaba delicadamente mis dedos por tu piel y mis ojos se arrasaron. Profundamente dormido, ni siquiera lo percibistes. Estabas tan tranquilo, tan sereno. Era algo tan hermoso contemplarte.

-No llores vuelve a recostarte y estate tranquila -me dijo pausadamente.

Sé que tenía razón. Estaba completamente agotada pero quise prolongar ese momento. Tal vez, lo que ella no sabía era que más aun que el sueño necesitaba lo que ella regalaba la vida con sólo observarte. Hasta que no comenzó a despuntar el día no me recosté. Me moví sigilosamente para acomodarme de nuevo a tu lado pero no pude aún así evitar que me sintieras. Tímidamente despertaste. Tomé tu estilizada mano, juguetee con ella y te reíste suavemente antes de que el sueño te llevara de nuevo con él. Entrelazando mis dedos entre los tuyos cerré mis ojos. Esta vez, la tristeza y la desesperanza no me alcanzaron. En medio de la oscuridad sentí una paz inmensa.

-¿Me tocaste anoche? -me sorprendiste con estas palabras la mañana siguiente.

-¿Por qué lo preguntas? -te respondí.

-Bueno, puse un momento mi mano sobre tu brazo porque te inquietaste. Pensé que igual estabas teniendo una pesadilla -te expliqué.

Pero mientras decía estas palabras, en mi interior escuchaba: "Anoche, mi niño, mientras velaba tu sueño observando como tu bella dama, la calma, acariciaba con sus manos tu cuerpo comprendí que es por ella por la que te amo tanto".



Texto y foto: Vanesa Benedí.

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